Opinión

Sabiduría silenciosa

Muchas personas formadas, ansían viajar a Grecia, visitar sus monumentos, esculturas y lugares donde tuvieron lugar episodios del pasado que tanta importancia le han dado los profesores en nuestra educación

Los griegos profundizaron en el ser humano y sus emociones y sentimientos.

Aunque Grecia es un país que está  igual o peor que nosotros, antaño fue un referente, nuestra sabiduría  está impregnada por la suya, por la de los antiguos griegos de hace más de XX Siglos.

Muchas personas formadas, ansían viajar a Grecia, visitar sus monumentos,  esculturas y lugares  donde tuvieron lugar episodios del pasado que  tanta importancia le han dado los profesores en nuestra educación.   Estar en Atenas y no visitar la acrópolis y el Partenón  es no enterarse de nada y como haber perdido el viaje; de lo que fue queda muy poco excepto de lo que hay en los libros que es mucho.  Me pregunto como reaccionaría un sabio griego de la antigüedad si pudiéramos traerlo mágicamente desde aquella época al mundo actual. Seguramente  observaríamos cómo después de quedar atónito por los avances habidos y encontrar  respuesta a muchas preguntas que él se había hecho en su vida, se preguntaría cómo después de tanto adelanto (Civilizado), a la gente le cuesta vivir y ser feliz igual que costaba en su época. La modernidad, seguramente le plantearía las mismas incógnitas  que se le planteaban hace más de dos mil años porque las cuestiones fundamentales sobre quienes somos y cómo hemos de vivir siguen tan de actualidad como siempre.

Generalmente por ignorancia y no por conocimiento como habría de suponerse, estamos  convencidos que la realidad de las cosas y la nuestra propia son la misma cosa. Sin embargo con la experiencia de vivir,  descubrimos que en efecto, la realidad y nuestra percepción de ella, pueden ser iguales, parecidas, distintas o muy diferentes.

Los seres, al estar mediatizados por las vivencias que valga la redundancia, estamos constantemente viviendo, tenemos cierta dificultad para acceder a la realidad de las cosas por encontrarnos mediatizados por nuestra manera de percibirla, por nuestra subjetividad. ¿Quien no se pasa la vida hablando de la vida sin llegar a tener claro qué es  y cómo hay que vivirla?. Sería de sabio llegar a comprender que la vida es como es y solo es distinto la manera de verla y vivirla, es de libro que para vivirla hay que gastarla en ello, vivirla dos veces sería injusto porque jugaríamos con ventaja. Al final todo se resume en saber y saber y es de cajón que viviendo se aprende.  ¿Podríamos distinguir  y opinar qué es mejor, ser un sabio que quiere perecer o un tonto que no quiere morirse?

Es de libro que el que quiere morir es porque no le encuentra sentido a la vida y por eso es mejor ser tonto o hacérselo  y seguir buscando.    Epicuro  fue un Filósofo Griego como tantos otros referentes de la Grecia antigua, profesaba, con muchísima razón, que el fin de la vida humana es procurar el placer y evitar el dolor, pero siempre de una manera racional evitando los excesos, pues estos siempre nos llevan al sufrimiento.  Los placeres del espíritu son superiores a los del cuerpo y ambos hay que satisfacerlos con inteligencia procurando llegar a un estado de bienestar corporal y espiritual al que llamaba ataraxia,   llámese como se llame en los días en que vivimos, esta doctrina no difiere en nada de en la que nos han educado, otro caso será si hemos seguidos sus pautas o no, si lo hemos conseguido podremos decir que habremos conseguido amueblar nuestra cabeza, que ya es mucho. La educación, llamando a las cosas por su nombre, es más accesible para los virtuosos, porque  ella, la virtud, pretende un perfeccionamiento continuo del <<yo>> y la felicidad aparece como el producto de una mente ordenada  y virtuosa.

La sabiduría silenciosa es práctica de gente cerebral  que prefiere callar  cuando se toca el núcleo duro de la existencia de las cosas, no en vano se nos valora más por lo que callamos que por lo que hablamos. La práctica del silencio inteligente supone algunos esfuerzos  para pensar antes de hablar aunque ello suponga el sacrificio de un poco de espontaneidad. Una de las consecuencias de hablar menos es que los otros te escucharán más atentamente, hablando menos se vive más hacia dentro y se cuidan mejor las motivaciones internas, evitando que nuestro verdadero ser esté exclusivamente a la sombra del ego.


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