martes, 1 de septiembre de 2026
Opinión

La realidad de la imperfección (Ángela García Salas, psicóloga)

Las calles se tornaron grises, cubiertas de Diciembre. Se quedaron frías esperando su llegada entre mañanas de bruma espesa y tardes regadas de humo. Pasó el otoño caminando despacio, dejando recuerdos como hojas caídas en la quietud del suelo, teñido por su presencia amarilla y marrón como el latido de la tierra, ahora húmeda y …

Diario Ronda
Diario Ronda
Publicado 30/11/2010 · 11:51Lectura · 4 min

Las calles se tornaron grises, cubiertas de Diciembre. Se quedaron frías esperando su llegada entre mañanas de bruma espesa y tardes regadas de humo. Pasó el otoño caminando despacio, dejando recuerdos como hojas caídas en la quietud del suelo, teñido por su presencia amarilla y marrón como el latido de la tierra, ahora húmeda y azul con el invierno soplando en silencio. Invierno de niebla, invierno de leña, de calor en el hogar, de vino en buena compañía, de bufanda y manos congeladas buscando bolsillo amigo. Hasta la sierra se vistió de nieve, humilde, como copa de árbol tan solo pintada en lo alto, regalando frío y nube, e instalándose en cada paso marcado hasta casa. Así, invierno a veces triste, desnudo de vitalidad, húmedo y sombrío, de calles cargadas de agua y paraguas abiertos.

Así, casi sin darnos cuenta, levantamos la mirada y, entre el humo de las castañas  asándose junto a la plaza y la oscuridad de la tarde, como escondida, aparece. Se acerca la Navidad poco a poco, colándose desapercibidamente en nuestras vidas, coloreando esquinas y cargando árboles, inventando nuevos escaparates, blancos y rojos y verdes, y todo lo que nos parecía gris quizá podría simular a la primavera recién llegada que como hierva recién cortada renace a la vera del río. Ya nuestro paseo no es tan solitario y nuestro caminar parece no ser el de un anacoreta perdido en la cuidad sintiéndose igual de solo. Por el contrario, de algún modo sentimos que comenzamos a compartir algo con nuestros compañeros de calzada. Algo que tal vez sea un recuerdo que nos sonríe al pasar por nuestra mente, llevándonos con él a tiempos ya pasados, de nuestra infancia quizá, de nuestra familia o de hace apenas unos años o tal vez lo que nos una sea una sonrisa, tímida y pequeña en la esquina de nuestra boca que se aventura a escapar, sin saber muy bien porqué.

No todo el mundo vive estas fechas que ahora se acercan con la misma mirada. No siempre se acompañan de ilusión, felicidad y unión, no siempre de bienestar y armonía, no de tranquilidad y paz interior tal y como cabría esperar si nuestra vida se guiara por lo que el mundo occidental capitalista y la sociedad intenta hacer de nosotros y de nuestro sentir: una familia unida, feliz, sin problemas, de sonrisa continua, sentada en torno a un árbol al que nada le falta, celebrando junta días de consumo feroz y una vida inicialmente perfecta. Ojala todo fuera tan sencillo y realmente todos pudiéramos disfrutar de algo así, tan utópico y efímero como el segundo que pasa y se esfuma por la ventana. A pesar de ello no defiendo el imposible. Por el contrario, son muchas las personas que a lo largo de su vida han sufrido perdidas de gente querida, de ilusiones e incluso de metas de vida, que, como revueltas por un remolino de viento del norte parecen volver a nuestra existencia de un modo más presente en estos días. Echamos de menos a los que ya no están y significaron tanto para nosotros, a aquellos con los que compartimos navidades pasadas, con risas y con llanto, y ahora se encuentran lejos. Añoramos y añoramos y la nostalgia parece correr por nuestras venas, perdiéndonos el momento presente y dejándonos llevar por momentos que ya ocurrieron y sobre los que apenas tenemos posibilidades de cambio. Pero, ¿quién dice que todo debe ser perfecto?, ¿quién defiende la  única alegría sin lágrima?, y más aun…¿Quién nos dijo que porque algo no fuera perfecto no podemos permitir que la felicidad se cuele por las rendijas de casa? Porque debemos permitírnosla y comprender que no llega  a raudales constantes cuando todo funciona cual reloj suizo, segundo a segundo, sino que, de otro modo, no entiende de perfecciones y convive con la realidad de ser imperfectos, tal y como, me atrevería a decir, somos cada uno de nosotros y puede ser nuestro día a día: con momentos buenos y con momentos malos, con sonrisas y con ceños fruncidos, con amigos y con distancias, con amor y con indiferencia e incluso con vida y con partidas.

NOTA: Puede enviar sus consultas o pedir cita en: angelags@diarioronda.es

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