Opinión

El clima climático (Dos)

Nadie exige aviones a pilas. ¿Verdad que es curioso? Un avión viene a consumir lo que dos mil coches, o lo que es lo mismo, contamina como dos mil coches y produce CO2 en la misma proporción

Pedro Enrique Santos Buendía reflexiona sobre la situación en la que está actualmente Ronda.

Nadie exige aviones a pilas. ¿Verdad que es curioso? Un avión viene a consumir lo que dos mil coches, o lo que es lo mismo, contamina como dos mil coches y produce CO2 en la misma proporción. Pero el silencio es rotundo, solo se piden eléctricos los coches. De los barcos ni hablemos. Vienen a consumir una cantidad equivalente, pero de un combustible tan malo que se estima contamina más de tres mil veces lo que un gasóleo normal, tanto contaminan que cuando entran en puerto están obligados a usar otro algo menos contaminante, solo cien veces más que el de coches. Y tampoco se propone que sean eléctricos, ni siquiera a partir de 2040, esa fecha mágica. ¡Realmente admirable!

La mayoría de las calefacciones, especialmente en edificios de pisos, funcionan con combustibles fósiles y tampoco se levantan multitudinarias voces pidiendo su eliminación y eso que en las grandes ciudades son el principal productor de CO2 y de materias contaminantes que provocan las famosas boinas grises. El silencio vuelve a ser tremendamente sonoro, escandalosamente sonoro. Un ejemplo del momento, Madrid Central solo controla vehículos, se olvida de tantas calefacciones con calderas añejas en la mayoría de los casos.

¿A que en su casa se cocina con gas? Casi seguro. Y las barbacoas, ahora que este invernillo que ha aparecido sin permiso oficial se está acabando, las haremos con carbón del bueno, el más negro y humoso que da mucho más sabor. Las chimeneas, quien las tenga y pueda disfrutar, de leña por supuesto. Y las estufas de pellets, huesos de aceitunas, restos de podas, serrín, etc. ya llevan añadida la etiqueta ecológica. Vamos que este CO2 es “bueno”.

Menudo cinismo. No tan exagerado como  el de todos esos divulgadores alarmistas, supuestamente avalados por sesudos estudios científicos, pero se le acerca. No hace demasiados años que saltó esta alarma del aumento del efecto invernadero por la producción desmedida de CO2 en la inconsciente actividad humana. Está cada vez más claro que algún poder fáctico vio un filón en el tema y  lanzaron a sus huestes para su explotación y propaganda.

Primero empezaron llamándolo Calentamiento Global, pero unos fríos inusuales estuvieron a punto de acabar con el asunto, por lo que lanzaron el nuevo calificativo: Cambio Climático. Este si ha tenido mucho éxito. No hay documental de naturaleza que se precie que no lo repita con insistencia anunciándonos la desaparición de millones de especies animales y vegetales en todo el mundo mundial. Se han inventado Organismos Gubernamentales, firmado Protocolos multinacionales y creado Impuestos sobre la producción de CO2, lo que parece ha abierto otro buen negocio global.

Se fundaron gabinetes científicos especializados en este asunto para estudiar con rigor, al menos eso dice la propaganda, las causas de ese cambio en el clima. Y, en contra de la buena praxis investigadora, lo primero que hicieron fue descartar de las hipótesis de trabajo algunos factores esenciales  para que la Tierra haya conseguido mantenerse en una temperatura media de 15 ºC, en lugar de los 18ºC bajo cero que le corresponderían sin nuestra querida atmósfera o los menos de 250 ºC bajo cero que tendría sin la influencia del Sol.

El Sol y el vapor de agua, los factores esenciales, han sido los descartados. El razonamiento empleado para despreciarlos ha sido pueril, por no decir algo peor: como permanecen casi inalterables no deben de ser importantes en ese cambio del clima y el hombre, con su revolución industrial del último siglo y pico, sí debe de ser el culpable de todo. ¡Un argumento de peso! Un científico que actúa así es más bien un alquimista o  un embaucador.

Prácticamente el total de la energía que permite la vida en la tierra viene del Sol, es casi despreciable la geológica que se escapa por las grietas de la corteza terrestre. Y el Sol está en continua ebullición, sometida a ciclos, el más corto de estos ciclos es de 11 años y nos afecta claramente. También su grandísima actividad nuclear provoca tormentas que aumentan la emisión de radiaciones de forma notable y errática. Además la Tierra, al moverse a su alrededor girando a su vez sobre sí misma con un eje inclinado respecto a su órbita, recibe esa energía de forma diferente según las estaciones y este eje cambia de inclinación aleatoriamente, lo que suele ocurrir cada cien mil años, con lo que las alteraciones climáticas no son raras y han sido una constante en el devenir de los tiempos. También cambia el magnetismo terrestre con serias consecuencias.

El otro factor eliminado en estos “serios” estudios es el vapor de agua. Al ser totalmente incontrolable por el hombre  produce pánico a estos científicos alarmistas. Se condensa, forma nubes, se evapora, desaparece, aumenta, se hiela,… Se estima que su proporción en la atmósfera ronda el 1%, de forma muy irregular que llega hasta el 4%, y está casi en su totalidad en las capas bajas, en la llamada Troposfera. Aunque el porcentaje parece ridículo, por sus características y efectos aparejados su aportación al efecto invernadero es impresionante: el 95%.

Nadie se atreve a negar esta proporción, simplemente es obviado como gas de efecto invernadero por estos científicos bien pagados, que nos amenazan con el apocalipsis, y por todos los divulgadores acríticos que repiten las consignas de esos poderes fácticos tan bien ocultos. Nunca aparece en sus listas de gases con efecto invernadero, GENIAL, quitando incógnitas es facilísimo resolver ecuaciones de cualquier grado.

Y llegamos a nuestro monstruo: CO2, el presunto culpable, como sería nombrado en cualquier noticiero habitual para no dar lugar a reclamaciones, del terrible crimen climático.

Resulta que es imprescindible para la vida, absolutamente necesario. Aparece en todos los libros y se enseña (o se enseñaba antes, ahora creo que solo se habla de memoria histórica, heteropatriarcado, discriminación de géneros o conspiranoias) el ciclo del carbono, con el que se explica su enorme importancia para la vida. Es emitido a la atmósfera de forma natural y por la actividad humana, palabrita, y se mantiene en un cierto equilibrio en ella al ser, a la vez, absorbido por seres animados e inanimados.

Su concentración ha variado notablemente a través del tiempo y en los últimos siglos su porcentaje ha estado alrededor de las 300 ppm (partes por millón) o lo que es lo mismo un 0,03 %. Las mediciones que se llevan a cabo en la isla de Mauna Loa desde 1958 muestran un cierto aumento y en estos días se ha publicado que ha llegado a medirse hace muy poco un máximo de 416 ppm. Las alarmas han superado el rojo, el fin está próximo y en uno de esos noticieros que tanto me gustan oí esto: “La Tierra ha alcanzado hoy niveles de CO2 nunca vistos en millones de años”. ¡Toma ya!

Como simple anécdota y sin buscar apabullar. En los últimos 500 millones de años  alcanzó las 7.000 ppm, sí siete mil, en el Cámbrico. Se mantuvo por encima de las 3.000 ppm hasta el Carbonífero en que bajó a porcentajes muy similares a los actuales. Tras este período volvió a subir hasta rayar de nuevo las tres mil en el Jurásico. Desde entonces ha ido bajando hasta nuestros días en que muestra un muy leve ascenso. ¿Quién nos lo iba a decir? Para que no se asusten demasiado con tanta alarma: con estos porcentajes de CO2 tan elevados la vida en la Tierra, animal y vegetal, no solo no desapareció sino que alcanzó niveles extraordinarios.

El tiempo meteorológico (mucho más adecuado sería utilizar temperie, como tradicionalmente, evitando confusiones con el horario) cambia continuamente, es evidente y sobran las explicaciones, aunque no lo digan en televisión. El Clima es una estadística que recoge las medias de las principales variables meteorológicas: temperaturas, lluvias, humedad,…, olvidando casi siempre los extremos puntuales que pueden inducir a engaño, no es demasiado raro que en inviernos templados haya algún día de mínimos extremos y lo contrario. Estas estadísticas, para que tengan cierto valor, deben recoger períodos bastante amplios que al menos alcancen los treinta años. Es decir, el clima no es cosa de un día, una estación o un año, aunque al hablar lo asimilemos a la temperie. Es la continuidad en el tiempo la que define un clima, no los altibajos del diario.

Finalizaré con el CO2 que produce el hombre. Se estima que en un año la actividad humana de todo tipo arroja a la atmósfera cerca de 30.000 millones de toneladas, algunos dicen que incluso 40.000, una barbaridad. Pues sí, pero resulta que la naturaleza  por su propia cuenta emite en ese tiempo 800.000 millones de toneladas. Es decir, el CO2 antrópico anual representa como máximo el 5% del que sube a la atmósfera. Como se estima que su proporción en toda la atmósfera ronda ahora el 0,04% podemos decir que nuestra terrible actividad representa un aumento anual en la composición atmosférica del 0,002%. Sin considerar el resto de factores a mí me parece algo extraño que tan escaso porcentaje  esté produciendo ese gravísimo Cambio Climático. Debe haber algo más.


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