Cultura y Sociedad

IV centenario del ‘Escudero Marcos de Obregón: entregas 3, 4 y 5

Con motivo del IV centenario de la publicación del libro ‘El Escudero Marcos de Obregón’, del insigne rondeño Vicente Espinel, Diario Ronda, con la participación del profesor y escritor Isidro G. Cigüenza, está publicando de forma periódica los distintos capítulos de la adaptación de esta obra

Ilustración de una de las páginas del Escudero Marcos de Obregón, de Vicente Espinel.

Con motivo del IV centenario de la publicación del libro ‘El Escudero Marcos de Obregón’, del insigne rondeño Vicente Espinel, Diario Ronda, con la participación del profesor y escritor Isidro G. Cigüenza, está publicando de forma periódica los distintos capítulos de la adaptación de esta obra que ha realizado este maestro serrano para acercarla a los pequeños estudiantes y al público en general

3ª Entrega

Introducción: Marcos de Obregón tras muchos infortunios y estando próxima su vejez, por no parecer un vagabundo sin oficio ni beneficio entra a servir a casa del doctor Sagredo, un hombre, como se verá, muy presuntuoso y al que le gustan las armas más que los libros. También de su mujer, Doña Mergelina de Aybar, hembra, como se verá, con no poca soberbia y muy presuntuosa.

Descanso Segundo La señora Mergelina. De lo que provoca la soberbia.

Se llamaba mi amo doctor Sagredo, hombre joven, de buen aspecto y algo locuaz, aunque más colérico y enfadoso que un perro de esos que cría la gente pobre, que molestan al vecindario, ladrando sin parar durante toda la noche y durmiendo de día. Era, por demás, muy presuntuoso y estaba casado con una mujer, como he dicho, de su misma hechura: moza muy hermosa, alta de cuerpo, recogida de cintura, delgada que no flaca, derecha de espaldas, que se movía con mucho donaire, ojos negros y grandes, pestañas largas, cabello castaño tirando a rubio, briosa, con no poca soberbia y, por encima de todo, muy presuntuosa.

Me llevó el buen doctor a su casa y lo primero que hallé en ella fue una mula muy flaca, alojada en una caballeriza tan estrecha como ella misma, que si el animal tuviera alas, con tenerlas pegadas al cuerpo, no hubiera podido caber dentro. Subimos una escalerilla y llegamos a una sala donde estaba doña Mergelina de Aybar que así se llamaba ella, a quien yo contemplé de muy buena gana pues a la vista estaba lo agradable de su hermosura. Enseguida me dijo el doctor, señalando a su mujer:

-Aquí está a quien habéis de servir
A lo que yo, por agradar, respondí:
-Por cierto que bien se merece tal galán, tan gentil dama.
A lo que ella inmediatamente me preguntó:
-¿Quién os ha dado vela en este entierro?
-Señora –le dije- tenga en cuenta que cuando la llamé gentil no quise ofenderla.
-Así lo entendí yo -repuso ella con malos modos-; porque no permito que nadie se dirija a mí con requiebros ni piropos.
-Esta mujer es la honra del mundo –intervino el doctor, poniendo paz en la conversación-. Servidla en lo que guste y poned mucho cuidado en ello, que yo os lo he de pagar muy bien.
Di un repaso con la mirada a la habitación principal, la cual se podía recorrer enseguida ya que apenas si había en toda ella nada más que un espejo muy grande, unos recipientes, un cofrecillo en la repisa de la ventana y, en un rincón, un mueble con espadas de esgrima, dagas, espadas blancas, una rodela y un escudo pequeño.
-¿Qué os parece mi colección de armas? –me preguntó el doctor-. Miradla bien que, allá en Alcalá de Henares, aquella espada que veis pasaba por ser la más respetada de la población.
-No miraba –repuse yo- sino donde están los libros, porque yo soy muy aficionado a ellos.
-Estos son mis Galeno y Avicena –me dijo volviendo a señalar el mueble de las espadas-, que con aquellas dos, la blanca y la negra, nadie me igualó en Alcalá, y nadie se atrevió a meterse conmigo que no saliese herido por ellas.
-Luego, vuesa merced –dije yo- ¡más aprendió en la Universidad a matar que a curar!
-Yo aprendí –me respondió, un tanto molesto por mi insinuación- lo que había que aprender. Pero dejemos eso, y llevad a vuestra ama a misa, que se hace tarde.
Se colocó su manto mi señora doña Mergelina y yo la acompañé hasta la Parroquia de San Andrés. Vivían ellos en la Morería Vieja y, como era costumbre en aquella época, muchos de los que se topaban con ella o le decían alguna cosa referida a su buen talle o se la decían del rostro, tan gallardos como los tenía; a todo lo cual respondía ella tan ácidamente que todos se iban disgustados con sus respuestas.

4ª Entrega

Introducción: Doña Mergelina de Aymar, la señora de la casa donde sirve como escudero Marcos de Obregón, fija su mirada en un joven músico y, deshonrando a su marido le hace honores de amante. Marcos, escandalizado y como buen sirviente, procura cumplir con su obligación tratando alejar a aquella de la infidelidad en que va a incurrir y salvar, en lo posible, el honor de su marido.

Descanso segundo La señora Mergelina. De lo que provoca la soberbia.

Venía casi todas las noches a visitarme un mocito barbero que tenía una bonita voz y traía consigo una guitarra con que, sentado al umbral de la puerta, cantaba algunas tonadillas a las que yo acompañaba. El mozuelo tañía la guitarra, pero no tanto por mostrar lo que sabía, como por rascarse con el movimiento de las manos las muñecas que traía llenas de una sarna perruna. Mi ama, cuando lo escuchaba, se ponía a oír la música desde un corredor, al tiempo que mi amo el doctor, como viniera cansado de hacer sus visitas –aunque tenía pocas-, no reparaba ni en la música, ni en el agrado con que su mujer la escuchaba.
Cuando el mozuelo faltaba alguna noche, mi ama entonces le echaba de menos y preguntaba por él. Y también sucedía que, cuando el muchacho bajaba la voz, ella descendía por los peldaños de la escalera hasta alcanzar los umbrales de la puerta; y todo, para oírle mejor y más cerca. Y sucedió que una vez que el mozuelo dejó de venir cinco o seis noches, por no sé qué remedio que tomaba para curarse, se volvió ella tan insistente preguntando por él que tuve que decirle la causa:
-Señora, este muchacho es ayudante de barbero y anda siempre muy ocupado, aparte de que, en este momento, se está curando de la sarna que padece.
-¿Por qué tratáis con vuestras palabras disminuir su valía? –me echó en cara ella- “muchacho”; “ayudante”; “sarna…”; ¡pues, a fe mía, que no faltará quien, a pesar de todo ello, le aprecie y le quiera bien!
-Sin duda –le dije yo-, que eso será porque hace muy bien los recados o porque es pobre, que muchas veces le tengo yo que guardar parte de mi ración de comida para que cene, porque no todas las noches viene cenado.
-Pues yo también quiero contribuir a esa buena obra –repuso enseguida ella.
Y de allí en adelante, todas las noches le tenía guardado un regalito, una de las cuales acertó a entrar el barberillo quejándose, porque desde una ventana le habían arrojado encima no sé qué desperdicios humanos. A sus quejas, enseguida salió mi ama al corredor y, bajando al patio, se puso enseguida a limpiarlo y a perfumarlo con una pastilla de jabón, echando al mismo tiempo mil maldiciones a quien se lo había tirado.
Aquel comportamiento tan extremoso me llevó a preguntarle por qué lo sentía tanto, siendo que había sucedido seguramente sin malicia ninguna. A lo que ella me respondió:
-¿Cómo no voy a enfadarme ante este daño hecho a un corderillo, a una paloma sin hiel, a un mocito tan humilde y apacible? Si yo fuera hombre saldría a vengarle, para después, como mujer, regalarle y acariciarle.
-Señora –le dije yo-, ¿qué novedad es esta? ¿A qué viene este repentino cambio? ¿De cuándo acá se ha vuelto vuesa mereced tan piadosa y caritativa? ¿De cuándo, tan sensible? ¿De cuándo, tan blanda y amorosa?
-Desde que vos –me respondió ella mirándome a la cara- entrasteis en mi casa y me trajisteis este veneno envuelto en una guitarra; desde que me reprendisteis por mis desdenes; desde que, viendo mi bronca y áspera condición, he venido a parar de un extremo a otro: de áspera y desdeñosa, a mansa y amorosa; de desenamorada y tibia, a tierna de corazón; de orgullosa y soberbia, a humilde y apacible; de altiva y desvanecida, a rendida y atrapada.
-¡Oh pobre de mí –dije yo-, lo que me faltaba por ver! ¿Qué culpa tengo yo de sus desvaríos? ¿Hay acaso quien pueda prevenir lo que está por llegar y, aún más, si se trata de voluntades, gustos y apetitos ajenos? Pero por mí empezó la culpa, por mí vendrá también el remedio, y así voy a hacer que el muchacho no vuelva más a esta casa, o yo me iré a otra.
-No digáis eso, padre de mi alma –me dijo ella muy tiernamente-, que la culpa la tengo yo, si es que hay culpabilidad alguna en las inclinaciones que rigen el corazón. No os enfadéis por mis palabras, ni llevéis a cabo lo que habéis dicho si apreciáis mi vida como miráis por mi honra, porque estoy a punto de echar un borrón tan grande que va a ensuciar mi reputación y la va a dejar más negra que mi propia desgracia. Favorecedme y no me desamparéis yéndoos de esta casa. ¿Por ventura los barberos son de diferente metal que los demás hombres? Le habéis llamado sarnoso por unas rascadurillas que tiene en las muñecas, que a mí se me antojan ser hojas de clavel. ¿No echáis de ver su honestidad de rostro, la humildad de sus ojos, la gracia con que suena la voz en su garganta? No pretendáis, os lo ruego, corregirme ni desviar mi interés.
-¡Ojalá se tratara de una pelota que yo pudiera rechazar así como así! –repuse en contra de mi misma opinión y contra mi deber de mirar por la honra de su marido-. Pero puesto que hemos llegado a esta situación, haré con vuesa merced lo que con mis amigos, que es aconsejaros lo mejor que sepa y ayudaros lo mejor que pueda.

5ª Entrega

Introducción: La mujer de la casa donde trabaja el escudero Marcos de Obregón, ha intentado por todos los medios salirse con la suya: acostarse con el musiquillo del que anda enamorada. Sin embargo, todo le saldrá mal ya que lo más que va a conseguir, es recibir los palos que su marido dirigiera a su animal, por escandaloso. El doctor, ajeno a todo, y al ver la cara magullada de su esposa, se dispone a poner en práctica sus “conocimientos médicos” que Obregón irá rebatiendo, uno a uno.

Descanso cuarto Los médicos. Cómo han de hablar, de modo que se les entienda.

Iba a continuar hablando la hermosa escarmentada cuando llamó su marido a la puerta. Entró el doctor y ella se hizo la dolorida cubriéndose el rostro y haciendo algunos melindres fingidos para que él le diera mimos. Él, al verle el rostro, lamentó lo sucedido y, después de haberse disculpado, le dijo:

-Cariño, conviene que os saque un poco de sangre.
-¿Para qué se la ha de sangrar? –pregunté yo.
-Para poner remedio a los moratones que le han salido a consecuencia de la caída -me respondió el doctor.
-¿Pues se ha caído acaso –pregunté yo- de la torre de la iglesia de San Salvador para que se le ponga remedio tan fuerte?
-Vos sabéis poco de medicina –me corrigió el doctor- que de esas contusiones de lapso, habiéndose removido las partes hipocondríacas y renes podría sobrevenir un profuluvium sanguinis irreparable, y del livor del rostro quizás pudieran quedar cicatrices perpetuas.
-Y luego –le dije yo con sorna- vendrá el arturo meridional, y la circunferencia metafísica del vegetativo corporal a evacuarse la sangre del hepate…-¿Qué decís –me preguntó extrañado el doctor- que no os entiendo?
-¿No me entiende? –dije yo-. Pues menos le entiende su mujer a vuesa merced. ¿Para decir que “de la caída puede venir un flujo de sangre y quedar señalado el rostro”, se han de decir tantas pedanterías? “Lapso”, “hipocondrios”, “profluvio”, “livor…”, mándele que se ponga un poco de bálsamo, ungüento blanco o zumo de hojas de rábano, y olvídese de todo lo demás.
-No creo yo que con esos remedios me venga a poner peor que con los vuestros–dijo ella riendo-. Lo que siento es que se me han quitado las ganas de comer…
-Poneos –dijo el doctor- unos absintios en la boca del ventrículo y echaos un clistel, que con esto, una fricación en las partes inferiores y la exoneración del ventrículo, cesará ese mal.
-¿Otra vez con lo mismo? –volví a criticarle-. ¡No hay quien entienda un lenguaje tan enrevesado como el que utilizan estos médicos jóvenes!
-¿Qué pretendéis? –se ofendió el doctor-. ¿Acaso que los hombres doctos hablemos en la misma jerga que los incultos?
-En lo referente al lenguaje ¿por qué no han de hablar de forma que se les entienda? El Conde de Lemos, don Pedro de Castro, yendo a visitar Galicia, como era tan grueso y bebedor de agua, debido al cansancio del camino le entraron unas “hemorroides”, y como no le acompañara ningún médico, su ayudante Diego de Osma, le aconsejó: “Aquí hay uno que está deseando tomarle el pulso a Vuesa Señoría desde hace días”. “¡Pues llamadle!”, dijo el Conde. Le llamaron y el buen hombre, en cuanto supo de la enfermedad que padecía, se dispuso enseguida a utilizar la retórica medicinal por parecerle que así se ganaría la confianza del Conde, diciendo: “Beso las manos a Su Señoría”; y el Conde: “¡En buena hora vengáis, doctor!” Prosiguió el médico: “Me han dicho que Su Señoría está malo del “orificio”. “¿Orificio? –repuso el Conde-. Hablad más claro, que no os entiendo”. “Señor –dijo el falso doctor-, orificio es aquella parte por donde se inundan, exoneran y expelen las inmundicias interiores que restan de la decocción del mantenimiento”. “Hablad más claro que sigo sin entenderos” -volvió a insistir el Conde-. Y el médico: “Señor, orificio procede del latín os, oris; y de facio, facis; quasi os faciens; porque, lo mismo que tenemos una boca por donde entra el mantenimiento, tenemos otra por donde sale el residuo”. El Conde, aunque enfermo, muriéndose de risa por tanto disparate, le contestó: “Pues a ese orificio, señor médico, en castellano se le dice “ano”, o si lo preferís “culo”, así que iros a otra parte a curar, que pretendéis disimular con palabras raras y retórica lo poco que sabéis de mi enfermedad…”

Y es que –me parece a mí-, que lo que alivia a los enfermos es que el médico les hable en un lenguaje que entiendan. Tienen, además de esto, la obligación de ser dulces y afables, de semblante alegre y palabras amorosas; incluso que utilicen bromas con que alegrar a sus enfermos. Que sean corteses, limpios y que huelan bien; que toquen y acaricien al enfermo de modo que parezca que sólo aquella visita les ha traído mejoría. Observen si tiene el enfermo la cama limpia y aseada y hagan lo mismo que el doctor Luis del Valle, que a todos sus enfermos transmite esperanzas sobre la recuperación de la salud.
Hay algunos médicos tan ignorantes en el trato con sus enfermos que sin estar una persona enferma, por encarecer más su trabajo y subir su ganancia, le dicen que está en peligro de muerte. ¡Y eso sin decir nada, del poco conocimiento que tienen de las enfermedades y de la aplicación debida de las medicinas!

(Continuará)


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