Opinión

Vox Populi (Antonio Sánchez Martín)

¿Las protestas de Brasil y de Egipto son diferentes a las europeas? Aparentemente, la protesta brasileña es diferente a otras como la de los indignados del 15-M o a las de los países árabes. En primer lugar, porque no nacen, como en los países europeos, contra los “recortes” y el empobrecimiento de los servicios sociales. Allí no protestan por lo que han perdido, sino por lo que aún no se les ha dado: Ni bienestar social, ni libertades. En Brasil, los ciudadanos preferirían que los millonarios gastos públicos invertidos en la organización de eventos deportivos se destinaran a las necesidades más urgentes de la gente. En lo que sí se parecen las protestas de Brasil a sus predecesoras de la Primavera árabe y las que se dan en Europa motivadas por la crisis económica, es en que son movimientos “post-políticos”. No son contra la democracia, sino a favor de una democracia más real y de todos. Son básicamente contra el divorcio entre la clase política y la gente y, tanto allí como aquí, los ciudadanos exigen que la justicia exista no sólo para los ciudadanos de la calle, sino también para los que tienen responsabilidad pública. Puede que los políticos se equivoquen si piensan que esta ola de protesta acabará pasando como muchas otras y que, cuando las aguas vuelvan a su cauce, todo seguirá igual. Podría ser un error fatal. Publicado el 22/6/2013 por elpais.com

Que son tiempos de cambios, pocos lo dudan, y si algo bueno ha traído esta crisis es la conciencia de que las personas no somos simple mercancía de usar y tirar a la que se le puede quitar sus derechos y recortar su bienestar sin que pase nada. Como siempre, la intensidad de las protestas va por barrios, -por los barrios de esta aldea global en la que se ha convertido el planeta-. Los ciudadanos han comenzado a rebelarse de manera enérgica y contundente. En los países árabes y en Brasil, donde la gente tiene menos que perder, las revueltas son masivas y adquieren mayor radicalidad. En Europa, -mejor dicho, en Occidente-, comienzan a ganar intensidad. Es la recuperación de la conciencia social que surgió a finales del siglo XIX y que duró hasta después de la II Guerra Mundial, cuando el mundo se sacudió buena parte de las dictaduras entregando a los ciudadanos el derecho a decidir su destino a través de sistemas democráticos.

Hoy, el capitalismo radical quiere acabar con todo eso todo. Para el capital todo es mercancía, incluidas las personas. El mundo se está convirtiendo en un gran mercado y un peligroso fanatismo se expande entre las élites neoliberales gobernantes, -Merkel al frente-, con la intención de desmantelar las estructuras del Estado que impiden al “capital” establecer sus condiciones. De ahí que los recortes avancen por todas las esferas del estado del bienestar hasta su destrucción definitiva, que es lo que se pretende. Se busca acabar con todo aquello público, lo de todos, pues ocupan un nicho de mercado que ansían las esferas privadas, especialmente en áreas como la educación y la sanidad.

El neoliberalismo es como un depredador que finalmente acabará devorándose a si mismo, pero primero debe parasitar lo que encuentre a su paso: ahora mismo le sobran los servicios públicos y los derechos laborales. Quede claro que si el neoliberalismo (el capitalismo radical) sobrevive, el derecho al bienestar social desaparecerá tal y como le conocemos y pasará a ser un servicio de pago del que disfrutarán solo quienes se lo puedan costear, algo que tiene muy poco que ver con un modo justo y razonable de convivencia social.

Ahora, que el sistema financiero se ha desatado, y su lógica perversa se inmiscuye en todos los ámbitos de nuestra vida, debemos oponernos a ser meros elementos de usar y tirar para un sistema con una lógica perversa de funcionamiento. Son tiempos de lucha, de alzar la voz y de protestar en la calle. El riesgo es que los estados “neoliberales” suelen poner las fuerzas de seguridad al servicio de sus propios intereses y, -como ya he comentado en anteriores colaboraciones-, son ellas las que, en vez de defender  a los ciudadanos, entran armadas en sus casas para desahuciarles por la fuerza.

Habrá quien piense que en Europa no vamos a “sufrir” las revueltas ciudadanas con la intensidad que se dan en países pobres como los del norte de África o en Sudamérica, porque en Occidente el “ocio y el confort son el opio que adormece al pueblo”, pero si se sigue atacando y se destruye ese confort la cosa es cuestión de tiempo y la bomba puede estar a punto de estallar si Europa no da un giro a su política económica y releva a los gobiernos “neoliberales” que pretenden hacerla retroceder un siglo atrás en derechos sociales.

En Egipto, el ejército, con el apoyo del pueblo, ha secuestrado la democracia para cambiar el poder establecido porque los ciudadanos se sentían traicionados por el primer presidente democráticamente elegido. En Brasil ya veremos donde terminan las “promesas” del gobierno. Y en Europa, donde la democracia es el único arma de que disponen los ciudadanos para cambiar las cosas, no quedará más remedio que usarla para cambiar a  sus gobernantes si éstos insisten en ponerse de parte del capital y no de los ciudadanos que les votan.


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