Opinión

Las cruces de mayo (Antonio Sánchez Martín)

Tenía mi abuela en su cuarto un reloj que durante el día mostraba la leyenda “Le temps est fugace” y por la noche “Bonne nuit”, y aquello a mí me seducía, naturalmente, como seducen tantas cosas a los ojos inocentes y curiosos de un niño de siete u ocho años. Y claro, allí que iba yo nada más llegar del colegio a moverle las agujillas al reloj para pasarlo de la mañana a la noche y obligarle así a cambiar el cartelito, como si de una primitiva máquina del tiempo se tratara. Mi abuela jamás me reprendió por ello, y a lo más se limitaba a traducirme aquella frase ininteligible para mí: “El tiempo es fugaz. Anda, y no lo desaproveches”. ¡Y tan fugaz!, como que desde aquello hasta hoy se me han cargado ya cinco lustros y dos quintos a las espaldas. Un beso para ti abuelita, por tanto como me quisiste, que aún ahora, cuarenta años después de que te fuistes, todavía te recuerdo con todo el cariño que me cabe en el pecho.

Y prueba de que el tiempo pasa volando es que ya contamos los días de mayo, que no sabemos si serán días floridos y hermosos, como predice el refrán, pues ni marzo fue ventoso ni abril, que se diga, fue especialmente lluvioso. Lo que si sabemos es que un año más mayo llega con sus cruces. Ilusiona ver a esos chavales, pletóricos de ilusión cofrade, dejando las autistas “plays” y las “nintendo” a un lado para salir juntos a la calle y repartirse las trabajadoras del trono o disputarse el puesto de capataz. Ilusiona ver, cómo a pesar de que el tiempo pasa volando, que hay tradiciones que no se pierden y perviven con los años.

Yo sé bien de lo que hablo, porque también en mis tiempos de chaval, mis amigos y yo armábamos no sólo una Cruz de Mayo, sino una cofradía entera, porque entonces éramos más niños y había banderas, estandartes y tambores para todos. Cuatro tablas, el corcho del belén a modo de calvario, unas flores, cuatro cabos de vela en las esquinas del trono, unos visillos viejos por faldones y “a juí”. Las banderas hechas con papel de seda, la cruz de guía con dos cañas cruzadas, el estandarte del SPQR (el “San Pedro Quiere Rosquillas” que decíamos los chavales), igual: una cartulina pegada en un listón y subida en lo alto de una caña. Y por tambores las latas vacías de chicharrones que nos daba Juanito, el de la tienda de ultramarinos del barrio… y a meter ruido por las calles de la Macarena y de San Gil, en Sevilla. Ni pelas, ni disputas. Ilusión por un tubo y vacunados contra el más mínimo sentido del ridículo. Recuerdo un año que el primer día repartimos setecientas pesetas (-de las de los años setenta-) entre la tropa; perdón, entre la hermandad. ¡Qué éxito!

Sigue volando el tiempo y nosotros con él, y ya, desde hace muchos años, Mayo llega también con otras cruces menos festivas: las de la Renta, que es, según se vea, otro monte calvario y otra pasión y muerte, esta vez del contribuyente, de la que no se libra ni Pilatos. Hay quien pone la cruz en la casilla de la Iglesia, (-que es lo propio, hablando de cruces-), y hay quien la coloca para “otros fines de interés social”; hay quien no pone ninguna y hay quien pone las dos, como queriendo ser más papistas que el Papa, o como si quisieran ponerle una vela a Dios y otra al diablo, que en estos tiempos que corren hay que estar a bien con todo el mundo, parecen pensar.

A base del 0,7 que otorga la susodicha casilla, la Iglesia Católica recibió el pasado año 248 millones de euros, y poco más de 200 se destinaron a fines de interés social. No está mal eso de que al ciudadano y contribuyente se le pregunte de vez en cuando qué quiere hacer con su dinero, acostumbrado como estamos a que los políticos de turno, -todos sin exclusión-, cojan el mando y no pregunten nada en cuatro años. Ya puestos, me parece a mí que deberían colocarle algunas crucecitas más al impreso de la Renta. O me dirán ustedes si estaría de más que a los contribuyentes también nos preguntasen si queremos financiar con nuestros impuestos a los sindicatos o a los partidos políticos, que en plena crisis recibirán este año 14 y 113 millones de euros respectivamente de los presupuestos generales del estado.

Y ahora que se hablar de volver a sanear los bancos con dinero público, después de que el estado español lleve invertido ya desde el año 2008 casi cuarenta mil millones de euros en el Fondo de Rescate Bancario (-casi siete billones de las antiguas pesetas-), tampoco estaría de más, -digo-, que nos preguntaran si queremos colaborar con nuestros impuestos a rescatar a las entidades bancarias en dificultades, para que luego ellas nos sigan robando con sus comisiones abusivas o embargando los pisos de los que tuvieron la desgracia de quedarse en el paro y sin trabajo. Eso, eso… que pongan una casilla y nos lo pregunten; que me parece a mí que les va a poner la crucecita su puñetera madre, con perdón.


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