Opinión

Invasión anglosajona (José Becerra Gómez)

No se trata de que una quinta columna de la rubia Albión se haya instalado en el valle que riega el Guadiaro con ánimos de conquista (lo de regar es un decir, que el río, renqueante y exhausto arrastra sus miserias con más pena que gloria y sin bríos para fecundar las tierras por muy próximas que estén de sus riberas). No. Se trata de una invasión sin algaradas, silenciosa y pacífica.

De un tiempo a esta parte, una oleada de británicos ha venido ocupando lentamente pero sin pausa el valle guadiareño. Buscando la paz y el sosiego y sentirse inmerso en su paisaje, a la par que abominando de las grandes ciudades y conurbaciones, muchas familias que tienen a gala la lengua de Shakaspeare han adquirido casas antiguas y medio arruinadas tanto en los pueblos como en el campo circundante al socaire de cerros graves y ampulosas y sierras. Remozadas y enjalbegadas como se acostumbra en el lugar las convirtieron en morada ocasional o definitiva, que ambas tendencias se observan.

Tampoco faltan las instalaciones hosteleras puestas en pie por estos nuevos vecinos que se olieron a tiempo el auge que el turismo de interior estaba adquiriendo en la provincia y quisieron participar en el negocio invirtiendo en ellos sus ahorros, seguros de las ganancias. Buen ejemplo es del Pauline y Andy Chapell. Restauraron un viejo molino aceitunero (el del Santo) de Benaoján convirtiéndolo en un acogedor hotel en cuya reconstrucción y edificación de nueva planta respetaron hasta el último detalle la arquitectura rural del entorno. Todo un referente en la provincia y del turismo rural de Andalucía.

Algo parecido se podría decir de la empresa que vino a revolucionar el horizonte turístico de Montejaque, a poco más de un kilómetro de distancia del anterior pueblo. Los orígenes de “Casitas de la Sierra” una empresa dedicada a remozar pequeñas casas deshabitadas y medio derruidas para alquilarlas también responde a una idea que puso en práctica un grupo británico: brindar alojamientos equipados y decorados a la antigua usanza. Y lo mismo ocurre, aunque en menor escala en los restantes pueblos del valle: Jimera de Líbar, Cortes de la Frontera o Gaucín.

Por otra parte, si echamos una ojeada al listín telefónico vendrá a ratificar lo que vinimos diciendo, ahora referido a los particulares que decidieron asentarse en la zona de manera ocasional o definitiva. Así a nadie extraña los apellidos Ollelssby, Sanderson, Dix, Wilson o Evans, entre otros de origen anglosajón, a los que respondían quienes consideraron que este lugar era más apropiado para establecerse.

Unos y otros dieron a pie a esa invasión grata y amistosa que vino a proporcionar puestos de trabajo por lo que ha sido fructífera para los serranos, revitalizando en buena medida una economía rural depauperada suyos cimientos básicos, el agro y la industria artesanal y casera de la chacinería, por ejemplo, en claro declive, pese a la calidad y fama de sus fabricados.

Esta irrupción tranquila ha servido para afianzar lazos de amistad y con frecuencia potenciar uniones familiares entre oriundos de Gran Bretaña y los serranos. Tal es así que no es descabellado vaticinar que un futuro más o menos lejano las filiaciones de vecinos respondan al patronímico de Stephen Bann Gómez, o Juanito López Cambel, vaya usted a saber. Signo de los nuevos tiempos. !Welcome!


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