Opinión

José Manuel Arnal Martín (Andrés Rodríguez)

José Manuel murió hace unas semanas, pero no pretendo escribir una necrológica para salir del paso, como si fuera un profesional de eso. Nadie me ha pedido que lo haga. No es, por tanto, una obligación, es un deseo mío, será mi homenaje a una persona a la que he admirado profundamente. Quiero que las palabras que describen mis sentimientos fluyan, que salgan sin retórica ni más dilación, no por mucho buscarlas expresaran mejor mis sentimientos. No serán ni halagos ni lisonjas, ni de búsqueda de adjetivos aduladores, él nunca necesito de ello.

José Manuel siempre me pareció un Señor, un Caballero de los que ya no se dan en nuestro mundo igualitario y light, un concepto de sociedad imperante en la actualidad, igualitario por abajo, en la mediocridad y mezquindad. Es decir, un mundo absolutamente opuesto a José Manuel, ejemplo de “saber estar”, en lo bueno y lo malo, un modelo de templanza, de creencia y arraigo en valores que marcaron su comportamiento en vida y su tránsito a la muerte, que gracias a sus creencias religiosas, fue tan solo un paso hacia la vida eterna. Con la pena de dejar a familia y amigos, pero, para él, con la alegría del reencuentro con sus antepasados.

Conocí a José Manuel en unas circunstancias difíciles para él, por temas de trabajo en la antigua Caja de Ahorros de Ronda,  le habían encargado que acompañara a mi casa a un ser humano al que le había tocado la lotería, eran aún los tiempos de las pesetas y, créanme ustedes, que era mucha la cantidad que la había tocado al agraciado en dinero que no en otros valores de los que carecía en absoluto. Digo ser humano porque no acierto a buscar un adjetivo para el personaje al que le había sonreído la fortuna. Llamémosle con una palabra que me gusta mucho: “Bestia”. Nuestra casa, la de Pepa y quien les escribe, estaba casi absolutamente vacía de muebles (de contenido que dirían los Seguros de Hogar), acabábamos de iniciar un año antes nuestra vida juntos, nuestra hija recién nacida y la hipoteca se llevaban casi todos los recursos económicos disponibles. Eran diferentes los tiempos aquellos a los que vinieron después, cuando los bancos con un solo préstamo te daban para hipoteca, cambio de coche, apartamento en la costa y amueblar ambas viviendas. El “Bestia” aconsejado por el arquitecto de nuestra casa, llegó a la desangelada vivienda acompañado por José Manuel al atardecer, cuando iniciábamos el baño de la niña. Con su esmerada educación expuso el motivo de la visita, no sin antes disculparse por la intromisión en casa ajena. Aún recuerdo el apuro que pasó cuando el “bestia” se paseo por toda la casa sin decir palabra y salió por la puerta sin desearnos ni siquiera que tuviéramos unas “Buenas Noches”. En la cara se notaba el mal rato que estaba pasando José Manuel con el comportamiento del nuevo rico.

Desde entonces, sin ser pesado por mi parte, con esporádicas visitas, vi crecer y como le daba forma a la ilusión de un Hotel que fuera como su casa para los que se hospedasen, como, con enorme paciencia, otra de sus muchas virtudes, recogía lo que podía y los nuevos constructores no apreciaban de los derribos que el pelotazo del ladrillo producía en Ronda. Ahora eran unas butacas del viejo teatro Vicente Espinel, luego unos ladrillos o unas tejas árabes, un bloque de piedra caliza, después un trozo de baranda del antiguo ayuntamiento, una reja oxidada, una puerta vieja, un llamador de bronce…Todo era admirado y mimado como si se tratase de un resto del Titanic. Siempre hablaba con respeto, el mismo con el que departíamos una conversación trascendente o no, sin tratar de guiarte, sin consejos, sin ejercer magisterio ni apostolado, con fluida conversación, sin chistes ni chanzas andaluzas, con su voz grave de galán de teatro clásico.

Vivió el fin de una época y sin acritud se adapto a otra nueva que, sin duda, no le agradaba, sin resentimiento ni añoranza hablaba de todo, sin insultos ni elevando la voz, sin retórica sobre lo rondeño me enseño a querer a Ronda, pero a quererla de verdad: Trabajando por ella.

Con su recuerdo siempre presente, siento que el lema que invento para el S. Gabriel es una realidad, yo se que su Hotel es mi casa en Ronda.

 Gracias José Manuel por todo lo que me enseñaste y por ser mi amigo.


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