Opinión

20 N: Alarma democrática (Antonio Sánchez Martín)

En las últimas semanas, ese ente abstracto al que llaman “los mercados” ha tumbado a los gobiernos de dos países democráticos como son Grecia e Italia. Antes lo hicieron con Irlanda y Portugal, y si no lo han hecho ya con España es porque la cita electoral es inminente y el cambio político que auguran las encuestas es abrumador.

Las razones siempre son las mismas: Los estados mantienen un desbordante gasto público y se endeudan en más de lo que ingresan, por lo que surgen dudas de si llegado el vencimiento de esos préstamos, los prestamistas (que no son otros que los bancos que compran la deuda soberana de los estados) lograrán cobrar el capital prestado con sus intereses; y para subir esos intereses y que las ganancias sean mayores, especulan difundiendo rumores y sembrando constantes dudas sobre la solvencia de los países en crisis.

Aunque es legítimo que los acreedores pretendan garantizar el cobro de sus deudas, el acoso de los mercados a los países en crisis y el derrocamiento de sus gobiernos democráticamente elegidos, constituye un ataque a la soberanía de los estados, y por ello a la de sus ciudadanos, que son quienes eligen con su voto a los políticos que les gobiernan. El resultado de esa injerencia en la política de un país surte el mismo efecto que un golpe de estado. De poco sirve que se mantenga a los diputados cuando al frente del gobierno se colocan a dedo a “tecnócratas” a los que nadie ha votado.

En cierto modo, los políticos ahora depuestos por la presión de los mercados son responsables de su propio destino por haber repartido el poder entre los amigotes de turno y los barones del partido, en vez de rodearse de gente competente que resolviera con eficacia las responsabilidades que exige el gobierno de una nación. Ahora se comprenden mejor las consecuencias que acarrea dejar el poder en manos de incapaces como Bibiana Aído o Leire Pajín, o en visionarios como Zapatero, cuyos errores de gobierno condujeron a la ruina a todo un país como España.

Las soluciones que demandan los mercados son siempre las mismas: Que haya dinero para cobrar sus prestamos, y ello obliga inexorablemente al estado a recortar el gasto público a costa de paralizar las inversiones, rebajar el sueldo a los funcionarios, reducir los servicios que presta a los ciudadanos y aumentando impuestos como el IVA. A las empresas, por su parte, les toca fabricar más barato para vender más fácilmente sus productos en tiempos de crisis (donde los consumidores reducen sus gastos por la desconfianza reinante) y para ganar competitividad se ven obligadas a despedir a parte de su personal y a rebajar el salario de los trabajadores, en un diabólico círculo vicioso de difícil solución.

Pero parecen olvidarse los mercados y los bancos que los manejan, que para que el estado incremente la recaudación mediante impuestos, el país debe prosperar para que sus ciudadanos aumenten también la renta por la que tributan; y eso es algo imposible de conseguir si el consumo sigue estancado, aumentando el paro y bajando los salarios, o si las empresas no pueden acometer nuevos proyectos que dinamicen la economía y creen empleo si no obtienen créditos para financiarlos.

Exigen los “mercados” entregar el poder a los “tecnócratas” para sacar a un  país de la crisis, y puede que lleven razón, si por tecnócratas se entiende a personas capacitadas para atender las responsabilidades que exige el gobierno de una nación; pero para ello no es necesario derrocar a un gobierno democráticamente elegido por los ciudadanos. Ésa es la primera responsabilidad de un buen presidente de gobierno: saberse rodear de gente preparada y no repartir el poder entre los compañeros del partido como si fuera un botín de guerra que se reparte entre la soldadesca.

Ya lo sabe, Sr. Rajoy. Ándese con ojo, que por todos los partidos pululan como moscas los aduladores y pelotas, auténticos especialistas que le palmearán la espalda con más acierto que lo haría un fisioterapeuta. No pague favores ni caiga en el mismo error que cayeron Berlusconi o Zapatero, y rodéese de gente que sepa a qué tecla hay que darle para que la máquina del estado funcione correctamente y salgamos cuanto antes de esta maldita crisis.

Y tres consejos le doy: Paso corto, para asegurarse bien de las decisiones antes de tomarlas; vista larga, para otear las amenazas en el horizonte, y mucha mala leche para no tropezar en las zancadillas que le pondrán los mercados. No me gustaría que le llamaran Rajoy “el Breve” y nos lo cambiaran por un “tecnócrata” a las primeras de cambio. Eso sería tanto como decir que los mercados se limpiaron el culo con nuestros votos… y hasta ahí podríamos llegar, porque eso nos conduciría a una nueva dictadura, la del capital y los mercados, y esos les aseguro que gastan más mala leche que los dictadores que ha tenido este país; que haberlos, los hubo.


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