Opinión

El precio del poder (Antonio Sánchez Martín)

Muchas y de calado han sido las decisiones adoptadas por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero durante la semana que hoy termina. Desde el acuerdo con los nacionalistas vascos, hasta los cambios experimentados en su equipo de ministros, una vez que el presidente se garantizó la aprobación de unos presupuestos que equivalen a su prórroga política al frente del ejecutivo. Pasado el impacto mediático de la noticia, cabe preguntarse cuál será el precio político que pagará por ello Rodríguez Zapatero (-por cierto, con dinero de todos los españoles-) para mantenerse en el poder.

Los cambios obrados en la composición ministerial, que incluyen incluso la supresión de dos ministerios, igualdad y vivienda, se antojan un último intento por estrechar la brecha que separa actualmente al PP del PSOE en intención de voto. Cerrar esa herida se antoja imposible, por mucho que el propio Zapatero diga ahora que se encuentra con ganas de presentarse y volver a ganar las próximas elecciones generales. Lo dudo mucho, aunque los propios pesos pesados de su partido le dejarán el camino libre para hacerlo. Al fin y al cabo, ¿para qué “quemar” a otro candidato si la derrota electoral es inevitable? A estas alturas, la credibilidad de Zapatero vale un ardite, y los objetivos del partido socialista no son otros que impedir que el Partido Popular alcance en las urnas la mayoría absoluta.

Llama la atención especialmente algunos de esos cambios ministeriales. El que más, el de Bibiana Aído, que ha dejado de ser “miembra” del Ejecutivo al suprimirse de un plumazo el Ministerio de Igualdad, creado -ex profeso- para ella. La decisión ha sido aplaudida hasta en su tierra. Puestos a elegir, la cambian por otra andaluza, la cordobesa Rosa Aguilar, -con un currículo y trayectoria política digno de elogio y a años luz de la exministra-. Luego acusan al Partido Popular de no aportar ideas; cuando fue el mismo Rajoy quien recomendó a Zapatero durante una sesión de control al gobierno que redujera el número de ministerios para ahorra gastos frente a la crisis; y parece que el presidente tomó el consejo al pie de la letra. Ya podría volver a hacerle caso y tener la responsabilidad política suficiente para convocar elecciones anticipadas, como esperamos buena parte de los ciudadanos de este país.

El nombramiento de la nueva Ministra de Sanidad, Leire Pajín, se antoja un error, por su escasa experiencia y porque no se le conoce otro mérito político que su gran parecido con Felipe González. ¿Tendremos que sufrir una nueva epidemia de Gripe A para medir su capacidad de gestión? Y otro desacierto (salvo que haya sido pactado con los sindicatos), ha sido el nombramiento de Valeriano Gómez como Ministro de Trabajo, un desconocido a quien Zapatero encomienda la responsabilidad de aplicar una reforma laboral en la que no cree ni el propio ministro, que hace apenas quince días secundó la huelga general contra esas mismas medidas. Cinco millones de parados se merecían alguien con mayor talla política. Una y otro parecen ministros fácilmente “cesables” si las cosas empeoran, que pueden. No en balde, serán los indicadores económicos los que marquen el acierto o los yerros de las decisiones adoptadas.

Y entre tanto cambalache de carteras, me llama la atención el de Ramón Jáuregui; hombre de incuestionable valía, vasco por más señas, discreto y de amplia trayectoria política. Últimamente, se aprecia un evidente giro hacia el País Vasco en las decisiones que adopta el presidente del gobierno. Sumen a este nombramiento el pacto de legislatura con el Partido Nacionalista Vasco, (-auténtico torpedo contra el actual Lehendakari, Patxi López, quien podría renunciar a presentarse a la reelección, y a quien Jáuregui sustituiría como candidato en los próximos comicios-). Y observen algunos detalles “casuales” más, como la entrevista a Arnaldo Otegui que publicaba el pasado domingo el diario El País, y donde el independentista vasco aparentaba distanciarse de la violencia etarra.

Todo apunta a que Zapatero pueda estar buscando desesperadamente una foto de la banda terrorista entregando las armas. Una foto que, aunque esperada y deseada por los ciudadanos, jamás debería de ser precipitada, aunque Zapatero parece mirar más a las encuestas que a los problemas reales del país que malgobierna, y de los cuales él mismo tiene gran parte de la culpa. En su desesperada huída hacia adelante, una foto así podría permitirle recortar su distancia electoral con el PP y reforzaría la imagen de Rubalcaba, verdadero candidato en la sombra, si es que al final Zapatero decide no presentarse a la reelección. El problema para el PSOE es si a estas alturas, y después de tanta “suave desaceleración y brotes verdes”, y de tanto falso anuncio de recuperación, los ciudadanos creen aún en ZP.

Ni “París vale una misa” ni “el fin justifica los medios”, frases con las que a lo largo de la Historia monarcas déspotas y dictadores intentaron justificar sus decisiones. Sólo faltaría eso, que después de más de medio siglo de asesinatos y secuestros, esperando el fin de la banda terrorista, esa foto fuera precipitada o se tratara simplemente un montaje, y acabara jugando con el dolor y la esperanza de los ciudadanos de un país, España, donde vimos enlutar a un millar largo de viudas y llorar a los hijos de las víctimas que perdieron su vida por culpa de una bomba o del tiro en la nuca que les descerrajaron los asesinos de la banda etarra. Por ahí, no paso. Zapatero, ¡basta ya!


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