Opinión

Códigos éticos (Manuel García Hidalgo)

La vida en sociedad, necesita una serie de normas que aseguren la paz y el orden entre los individuos de forma que los intereses generales no se vean impedidos por los particulares. Surge inmediatamente la necesidad de regular estos comportamientos a fin primordialmente de tener claro qué opción hay que elegir para no dañar los intereses y derechos de las demás individuos. Estas normas fundamentales, se regulan por leyes, que en cuya aplicación, no siempre surten el efecto deseado ya que por lo que se oye y se ve producen consecuencias nefastas para muchas personas que han sufrido la imposición de claras condenas injustas. Días pasados sin ir más lejos se discutió en televisión los dieciocho meses que estuvo en prisión Antonio Puerta por dar tres puñetazos al “Profesor Neira”, drogadicto y/o enfermo, su larga retención preventiva le produjeron según algunos abogados y familiares daños psíquicos, antesala de su muerte varios días después de su liberación.

Pero ¿qué ocurre cuando lo que hay que catalogar y valorar no es englobable en los preceptos que la ley puede regular? Inclúyase en ello todo lo relativo a la moral, que ya es muchísimo, así como conductas, modales, tácticas, costumbres, hábitos, pautas, prácticas, estilo, etc. que catalogan a sus autores según qué manera tiene de ver las cosas como personas de determinadas conductas. Se entra con ello en el campo de la

Moral, normas por la que se rige la conducta humana en concordancia con la sociedad en la que vive. Para aclarar esta valoración bastaría decir que no es lo mismo una mentira en Marruecos que la misma en Noruega y no es lo mismo llegar media hora tarde en Andalucía que en Alemania, y por supuesto no es lo mismo ser infiel en Puerto Banús que en cualquier país árabe donde rige la Sharia y especialmente en Irán, donde al menos las consecuencias son terriblemente distintas.

Este distinto baremo a la hora de valorar las acciones humanas produce desequilibrios, no solamente a nivel territorial, sino a nivel local, donde personas que comparten cultura vivencias y entorno, tienen distintos códigos a la hora de valorar la moral, distinta manera de ver lo que está bien y lo que está mal aplicando o incurriendo con ello en una ética distinta. Esto se ve muy claro a nivel familiar donde se producen constantes riñas y disputas entre hermanos que tienen distintas actitudes frente a la convivencia, el agresivo es el que pega y el dócil el que cobra.

Este desafuero a la hora de valorar el bien y el mal produce atropello a los que tienen posición de desventaja en situaciones de la vida diaria, este uso y abuso de posiciones de fuerza que utilizan gente que no ha tenido jamás un libro de deontología en sus manos, ni saben lo que es, distorsiona la vida entre la gente de bien.

Esopo, vivió en siglo VI a.c. fue un esclavo de de Jadmón y recobró su libertad por su sabiduría y talento, ha pasado a la historia por su gran número de fábulas, 365 en total cuenta episodios de la vida en la que intervienen personas, animales y otros seres animados o inanimados y se refleja en todas ellas las consecuencias de utilizar ventajas que los actores tienen sobre los demás. Tienen una intención didáctica y concluyen siempre con una moraleja tan actual como hace 26 siglos, época en la que él vivió. Interviene en gran número de ellas la zorra, el león, el escorpión, entre otros que tienen ventajas claras con el resto.

“Una zorra saltaba sobre unos montículos, y estuvo de pronto a punto de caerse. Y para evitar la caída,  se agarró a un espino, pero sus púas le hirieron las patas, y sintiendo el dolor que ellas le producían, le dijo al espino:

— ¡Acudí a ti por tu ayuda, y más bien me has herido!

A lo que respondió el espino:

– ¡Tu tienes la culpa, amiga, por agarrarte a mí, bien sabes lo bueno que soy para enganchar y herir a todo el mundo, y tú no eres la excepción!

Moraleja: Nunca pidas ayuda al que acostumbra a hacer el daño.


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