Opinión

Un paso más (Ángela García Salas, psicóloga)

Nos despedimos de tantas cosas a lo largo de nuestros días, regalando un simple adiós, que las etapas se van instalando y sucediendo sin que apenas nos demos cuenta de ello. Pasa el tiempo, no cabe duda, y con él pasa nuestra infancia, las tardes de domingo al sol, la primavera y el colegio. Transcurre el tiempo y de su mano pasa la vida, vivida, puede que repleta de instantes de luz, de algo que quizá podríamos llamar felicidad y también puede que no. Pasa la primavera, los años de instituto e incluso los cambios en una voz que hacía días sonaba clara y limpia y de pronto parece amenazar con cambiar: adulta, grave y respetuosa.

Vivimos en una constante transformación, más fácilmente comprobable en los más pequeños que poco a poco van creciendo y cambiando para al fin volar, batir las alas y seguir avanzando por su camino, construyéndolo en solitario. Así, desde hace tan solo unas semanas hemos podido formar parte, quizá en primera persona, si estás en este momento del que hablo, o como sencillos expectadores en el patio de butacas, del  “éxodo” que muchos jóvenes han emprendido fuera de sus hogares para alcanzar una nueva etapa, conocimientos, experiencias y formación o trabajo, dejando en casa recuerdos, familia, amigos y una existencia quizá más cómoda, previsible y segura, comenzando así una nueva aventura, un viaje hacia algo diferente a todo lo vivido hasta el momento – nueva casa o residencia en una cuidad distinta, con calles y plazas sin ubicar en su retina, acompañados de personas también desconocidas. Nuevos rostros, nuevas miradas, nuevos horarios y autobuses rojos, amarillos o azules, nuevas formas de dejar transcurrir las horas, en clase, en la biblioteca y en las calles de una ciudad que aun no sienten como propia-.

Salen de casa con varias maletas y objetos familiares – puede que una taza, un cuadro, música, una alfombra, lápices y un flexo –  que faciliten simular al menos por un segundo que llevamos algo de hogar encima, a cuestas, en la espalda. En el neceser, ilusión, ganas por comenzar algo nuevo, por saborear libertad y el simple hecho de hacer algo por ellos mismos, también incertidumbre, también, en algunos casos, miedo. Miedo a no estar bien, a que algo no salga tal y como se ha dibujado en la imaginación, a equivocarse, a estar solos, a sentirse solos. Hablamos por lo tanto, en cualquier caso, de un proceso más de adaptación, de un camino de aprendizaje, de caídas y levantadas, y en definitiva, de independencia. Una palabra que atrae y asusta al mismo tiempo y que hay que aprender a utilizar, con paciencia, con madurez y sin miedo que, si se instala, todo lo hunde y todo lo ensucia.

NOTA: Puede enviar sus consultas o pedir cita en: angelags@diarioronda.es


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