Opinión

Buenas lunas… (Ángela García Salas, psicóloga)

Una vuelta, dos y después otra, recorriendo cada esquina de una cama que cada vez parece más fría, más incomoda y menos amiga, más distanciada y ajena a nuestro sueño, durante un tiempo ausente. El reloj parece detenerse, alargando los minutos y paralizando las horas, cada vez más tardías y longevas, vacías de descanso y paz dormida. Una hora más y también una hora menos para levantarnos y recibir al mundo sin tanta energía, pensamos mientras contamos el tiempo que nos queda para intentar conciliar un sueño que se esconde entre los dobleces de las sábanas, arrugadas de vigilia. Una vuelta y otra más, buscando párpados cerrados y quietud onírica, en noches de insomnio.

No es difícil caer en su rutina, ni tampoco lo es seguir repitiendo constantemente los mismos patrones de conducta que nos llevan a continuar ansiando nuestro descanso sin encontrarlo. Así, el síntoma predominante aquí es la dificultad para iniciar o mantener el sueño, o no tener un sueño reparador, durante al menos un mes, lo cual, asociado a cansancio o fatiga durante el día, provoca malestar significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes para la actividad de la persona. No hablamos por lo tanto de insomnio de una noche, tampoco agradable ni deseable, pero más fácilmente reparable. Sin embargo, no por ello debemos restarle importancia ya que el problema continuo o crónico se crea a base de noches en vigilia sumadas, una tras otra.

Por lo tanto, debemos, en primer lugar, romper con el círculo vicioso que creamos en torno al sueño (no dormir, estar cansados durante el día, dormir durante el mismo, tomar café o té para mantener los ojos abiertos durante la jornada de sol y vuelta a no dormir por las noches), es decir, debemos dejar que se restablezca el ritmo normal de sueño, no obsesionándonos con su llegada y permitiendo que ésta se instale de forma automática. Así, debemos propiciar unas condiciones fisiológicas adecuadas, lo cual se conoce como higiene del sueño (hacer ejercicio de forma continuada pero no intensamente justo antes de irnos a la cama, llevar una dieta adecuada, no comer   mucho por las noches pero tampoco irnos a dormir con sensación de hambre o sed, evitar la ingesta de té, café, nicotina o cualquier otro estimulante en las horas previas, inclusive el alcohol, el cual puede favorecer la somnolencia durante las primeras horas mas también implica mayores despertares durante la noche), mantener un ambiente propicio para el sueño (temperatura, luz, humedad, ruidos) y, para muchos lo más complejo, conseguir una desactivación tanto física  como cognitiva, es decir, tanto a nivel corporal como a nivel de pensamientos y preocupaciones recurrentes. Para ello puede resultar de gran ayuda practicar algunos ejercicios de relajación para reducir la tensión muscular y propiciar la desactivación fisiológica. Del mismo modo resulta necesario romper con la cadena de pensamiento que nos impide conciliar el sueño (horarios, preocupaciones sobre no dormirse, problemas cotidianos…), intentando suplir dichos pensamientos negativos por otros alternativos o incluso levantándonos de la cama y entregándonos a otra actividad que nos haga desconectar del hecho de no poder dormir. Dormir, una necesidad casi tan primaria como el respirar, que hay que cuidar.

NOTA: Puede enviar sus consultas o pedir cita en: angelags@diarioronda.es


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