Opinión

La limpia (Manuel Giménez)

San Juan Chamula es una ciudad de gobierno indígena en medio de los Altos de Chiapas. Está en pleno corazón de los rescoldos de la Revolución Zapatista, pero fuera de su ámbito de influencia. Como lo está del gobierno federal electo para el ayuntamiento (aquí, presidencia municipal). El poder, político y judicial, lo ejerce un Consejo de Ancianos en mandatos de turnos anuales. México, como país, sólo existe allí para limpiar las calles.

Perduran muchas y antiguas costumbres, esperriadas por calles y lugares de culto atestados de turistas. Entre ellas, el chamanismo. El chamán, guía espiritual y médico. Aún recuerdo que hace años, la asistenta chamula de una gran amiga, con su niña enferma de gripe y con fiebre, se negaba a llevar a la niña al médico… tradicional. Irían a su chamán.

Como cualquier médico de cabecera, en la parroquia como consulta, el chamán recetó a la niña una gallina negra, velas de distintos colores, una botella de posh y una coca-cola. El posh es la bebida sagrada Tzotzil, la bebida de los dioses. Un alcohol de maíz más duro que el Anís del Tajo, que se ventilan con el refresco entre el chamán y su paciente mientras realizan un ritual en el que encienden las velas, rezan, manosean la gallina y eructan los malos espíritus (gracias al cubata de posh con coca-cola) hasta que, en un momento, estrangula a la gallina y se la entrega a la madre de la niña enferma.

La niña se sana. Y sanan personas también con patologías mucho más graves, tras una ceremonia de ingesta desproporcionada de alcohol.

Como guía espiritual, el chamán hace terapia a familias completas. En la iglesia, mirando a San Juan, beben posh y relatan en alta voz sus problemas. No es difícil ver a una mujer que confiesa la promiscuidad de su marido o las palizas que le da, mientras todos pueden oírlo.

Este rito es el Yich Mesel, la ceremonia de la “la limpia”.

En la región de Real de Catorce, en el centro de México, habitan los indios Huicholes. Meticulosos artistas que construyen con chakiras (pequeñas cuentas de colores) y estambres, unas figuras llamadas nierika, espejo de sus antepasados y, a la vez, imagen de su rostro verdadero. Cada huichol tiene su nierika, que le es revelado en un viaje causado por el peyote, una droga natural extraída de un cactus. Igual ocurría con los líderes de las tribus de Oaxaca quienes, ante las decisiones más trascendentes de su comunidad, se retiran a la montaña, donde consumen hongos con los que alcanzan un punto de equilibrio con su universo pasado, para actuar sabiamente en el futuro.

Innumerables culturas emplean sustancias naturales que modifican su percepción del yo, el tiempo y el espacio. Abstracción de una realidad, terriblemente limitada y contaminada, la del simple ser humano.

Todas, menos una, la nuestra. Autodenominada occidental y primermundista, civilización maniquea que envilece todas las sustancias nacidas de la naturaleza, las demoniza y prohíbe, a la vez que crea infinidad de drogas sintéticas.

Frutos de la naturaleza que los mayas usaban para alcanzar a comprender su mundo, que para ellos abarcaba todo el Universo. Para nosotros, engreídos, no. Lo simplificamos todo hasta que sólo queda una mentira inofensiva que cabe en nuestra mano. Primero, lo limitamos todo a dios (o dioses). Eliminado dios, ya sólo “lo nuestro” es comprensible y tiene sentido. Pronto, no alcanzaremos a ver nuestra propia nariz.

Se prohíbe reconocer que la percepción del ser humano, por sí, es demasiado limitada. Condena para todos. Abandonamos y despreciamos cualquier rito que no comprendamos, despreciamos nuestra mística y ya todo es desprecio. Empezando por nosotros mismos.

Yich Mesel. Esta semana pasada, ocho amigos me visitaron. Como puro ritual, durante días celebramos una liturgia de amistad, a ratos introspectiva, a ratos expansiva. Confesiones, propósitos de enmienda, perdonar y ser perdonados. El nacimiento de una musa desconocida, que ya no se marcha en coche el domingo por la mañana.

Una limpia para tomar el pulso de nuestras vidas. Observarlas desde fuera para ver sus miserias. Después de ello, quizás no somos más felices, al menos, sí más conscientes. Sé que estábamos borrachos. Lo que no sé es si eso nos alejó de la realidad, o nos permitió verla por vez primera.


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