Opinión

Un traje para mi perro (Manuel García Hidalgo)

Que el perro sea el mejor amigo del hombre es una creencia que se mantiene como cierta aunque la popularidad de dicha frase tenga algo más de un siglo. Se hizo célebre en 1870 cuando el abogado Geroge Graham Vest ganó un juicio contra el asesino del perro de su cliente Charles Burden, para el que consiguió una indemnización de 550 dólares por haber sufrido la pérdida de su galgo de caza llamado Old Drum. En la alocución final del juicio, el abogado realizó un discurso que dio en llamarse el “Elogio al perro”: “…Y cuando llega el último acto, cuando la muerte hace su aparición y el cuerpo de su amo es enterrado en la fría tierra, no importa que todos los amigos hayan partido. Allí junto a la tumba, se quedará el noble animal, su cabeza entre sus patas, los ojos tristes pero abiertos y alertas, noble y sincero, más allá de la muerte”. Este discurso conmovió al jurado e hizo famosos al abogado y al perro a perpetuidad. En la actualidad existe una estatua del perro llamado Old Drum frente a la Corte del Condado de Johnson en Warrensburg, Missouri. En relación con este ligamen entre el hombre y el perro, que nadie la niega, existe un nexo, un vínculo de amistad entre ambos, una comprensión y empatía que conlleva la aceptación recíproca de las características del amigo, “sus valores”, “ideas”, “miedos”, “aciertos”, “errores”, en definitiva, su forma de ser. Entre la enorme variedad de frases que adornan la amistad podríamos destacar: “Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere”.

A la hora de salir a la calle, muchos creen que llevan a pasear al perro, pero vistas las cosas desde fuera, hay que hacer algunas consideraciones:

1. Los dos van al mismo paso y recorren el mismo trayecto porque salen y entran a la casa al mismo tiempo.

2. Lo único que los separa es la cadena, uno a cada extremo,

3. No hablan durante el trayecto.

4.De vez en cuando se paran y lo hacen al unísono y por último no se sabe qué van cavilando cada uno de ellos, con toda seguridad cada cual va pensando que ha sacado al otro a pasear. Parece claro que no existe posición de privilegio de ninguno respecto del otro.

Hay perros afortunados que por su íntima amistad con cierta clase de gente, le ha tocado “en suerte” vivir con ellos una vida paralela, y gozar de privilegios de humano, ir a la peluquería y llevar vestimenta de pasarela, no tienen libertad porque en ese caso serían callejeros; tienen un lugar asignado en la casa de su amo (Amigo), y de trato con sus congéneres por lo que se supone, ninguno, y como consecuencia voto de castidad, vamos, por muy buena que sea la vida que llevan sus dueños, ellos la llevan de perros. Aquí tenemos tergiversadas las acepciones porque a lo que los humanos llamamos vida de perros no es tan mala para un perro como la vida de humano que llevan muchos perros, que eso si que es de perro para un perro como diría un humano.

Algo tendrán los perros que no tienen otros animales domésticos, que le ha tocado en suerte poder compartir, la tranquilidad y los silencios de sus amos a los que les llenan de contenido su misterio supliéndole a amistades y compañías que ellos no tienen.

Algo atesoran en común este tándem de seres inseparables, los perros suelen ser de raza porque con ello se distinguen y merecen todo cuanto sus dueños han puesto y empeñado en ellos. Y ellos, los dueños, también son de raza o estirpes distinguida, eso sí sin catalogar pero se dejan ver algo aunque poco, de mirada ausente y poco repartida aparentan ver menos de lo que en realidad ven. Su tiempo es escaso, pero el poco que tienen, se lo dedican al perro.

La figura del lacayo, paje, sirviente, ha estado siempre ligada sin remedio a la de noble, aristócrata, caballero hidalgo y rey al que han servido. Los dispuestos a caer de rodillas para honrar los logros y éxitos de su señor, serán también los que arrojen la primera piedra, cuando el fracaso coloque nubes sobre el porvenir de su amo.


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