Opinión

La Balacera (Manuel Giménez)

La realidad es un cesto oscuro de contenido desconcertante, capaz de volver loco a cualquiera, hasta el punto de que no hay manera de saber qué es lo cierto y qué lo fingido.

Aunque parezca real, no hay nada más ilusorio que las batallas nacidas en las veladas de lucha libre mexicana. Unos acróbatas enmascarados sobreactúan y se ofenden con el micrófono antes de enzarzarse en un combate de acrobacias aéreas, cuidadosamente ensayadas para evitarse el menor daño. Una danza atlética y estética mal maquillada de agresión soez, ante un público que abarrota los estadios, ruge y toma partido.

Como uno más, dispuesto a participar en el circo, el sábado me levanté temprano. Era uno de esos días en los que no pesan los párpados y las sábanas quieren robar, como una sanguijuela de algodón, nuestro ánimo por escapar a la calle. Encendí el televisor y sólo se discutía sobre el acto cumbre de las fiestas locales de Tuxtla Gutiérrez, la lucha libre. Bajo una identidad desconocida y la cara oculta tras un heterónimo de latex, los técnicos se baten frente a los rudos, máscaras frente a cabelleras.

Los comentarios son de un antiguo guerrero, ya anciano y célebre, Mil Máscaras, que va dejando caer, educado y elegante, su tranquila plática sobre la lucha, el alma y el cuerpo del peleador y su público.

A las ocho de la tarde, hay previstas varias luchas menores. Los debutantes, llevaban impreso el miedo en los ojos, como huntado con una brocha gorda en trazos desiguales, nerviosos. Después, un título mundial femenino y, finalmente, la entrada en juego de Blue Demon Jr., heredero de la máscara y el apodo Blue Demon, imagino que su padre.

En la espera, yo cada vez tengo más calor debajo de mi careta, blanca y con un cáliz dorado, reproducción cutre de la usada por Místico, mi luchador favorito, que compré en Querétaro hace años.

Cojo mis entradas y me suboa un transporte colectivo hacia Tuxtla, risueño y ansioso por acercarme a aquellos gladiadores de pantomima.

En la entrada a la ciudad, todavía lejos de la Arena, súbitamente nos detiene un retén del Ejército. No es habitual que ocurra en Fiestas. Pasa el tiempo sin que los soldados quieran levantar la barrera. A no muchos kilómetros del cerco, el estadio debe estar en plena ebullición. Los luchadores se agarran a madrazos y se aplican severos castigos, mientras sus parejas y entrenadores padecen o disfrutan agazapados en la esquina, expectantes por la actuación de su luchador.

Desde donde yo estoy, se oyen hasta fuegos de artificio. Estallidos sordos aislados; de repente en ráfagas de cuatro o cinco detonaciones.

Sucede que no son petardos. Me informan de que hay una balacera a pocas cuadras del control militar que nos retiene.

¿De qué me intentan informar? No entiendo nada y los petardos siguen. Aunque no hay riesgo de que nos alcance níngún balazo, un militar ordena al chofer que tome el camino de vuelta.

Entonces me doy de bruces con la realidad como quien se estrella contra un cristal y cae, como hecha pezados, la idea sobre mis gladiadores enmascarados y greñudos. Una balacera es un tiroteo. Eso sí es la realidad: el disparo de un arma de fuego y los guerreros de gomaespuma que yo acudía a ver sólo son pobres actores, falsos como la máscara de tela que me hacía sudar y que me he quitado. Sudaba un sudor también falso, que en nada se parece a las gotas frías que ahora me caen por la frente, de puro canguelo.

A la mañana siguiente, busco y no encuentro señales del tiroteo en el periódico. ¿Dónde está la realidad? En la portada, Blue Demon se exhibe ante un público enardecido que celebra su victoria en la velada de la noche anterior.

Sólo una reseña en las páginas centrales parece reivindicar la muerte de dos policías y cuatro sicarios en un tiroteo.

La evidencia es clara. Blue Demon es real, portada de periódico. Conquistó el título en la noche del sábado y lo exhibe orgulloso. El tiroteo, no importa, no existe o, al menos, no cuenta.

Ésa es, oscura y desconcertante, la realidad.

Manuel Giménez.


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