Opinión

Llueve en calle Jerez

Llueve. Llueve en la calle Jerez. Llueve en esta noche de perros, de hastío infinito y de deslealtades pasadas. La calle ha quedado desierta, sus únicos habitantes son las equidistantes farolas que con las flechas de sus rayos de luz defienden a Ronda de las ansias conquistadoras de la noche oscura. Llueve. Las diminutas gotas de agua golpean con insistencia los tejados, las calles, los corazones, las traiciones y los anhelos más profundos. En el interior de las casas, nuestros iguales, después de más de un año de heroica resistencia, comienzan a sucumbir ante las tiránicas huestes del desempleo, la crisis y el desaliento. El alma se encoge y el frío viento golpea las persianas cual heraldo negro de un futuro incierto. Muchos amigos se marcharon ya, otros decidimos quedarnos aquí aguantando mecha, soportando lo insoportable; quizás esgrimiendo como única y estoica defensa el desabrido consuelo existencial del sabio griego cuando decía: Cuando la muerte es, tú no eres, y cuando tú no eres, la muerte es, ¿por qué preocuparse?. Llueve. Y a algunos de los que siempre lucharon por este maldito y estupendo pueblo, les cae una gota de agua o una lágrima por ese lugar del pecho donde tal vez nunca colgará una medalla. Llueve. Llueve con insistencia sobre esta Ronda de las cosas inadmisibles y bellas. La lluvia cae sin tregua sobre los miedos, sobre las preocupaciones, sobre las hipotecas, sobre los delirios de grandeza; y las diminutas gotas llaman a la puerta de los que lucharon por Ronda, y de los que pudiendo hacerlo, nunca lo hicieron, mostrando a todos su soplo húmedo de vida, su fuerza vital, su risa de invierno, su acompasada melodía de noche mojada. Llueve. Llueve con una persistencia pegajosa y sobrenatural. Llueve sin cesar, en racimos blanquecinos y en corcheas azules de arpa antigua. Llueve con el zumbido amarillo de la desolación. Llueve.

Mientras tanto por estas tierras serranas: Ancianos prisioneros del abrazo de la fría soledad; políticos sin vocación, devoción ni preparación, que con una mano se dan golpes en el pecho y con la otra en la cartera; niños criados en la abundancia material y en la escasez espiritual, abocados en el mejor de los casos al fracaso escolar y, por ende, al fracaso profesional, personal y vital, y en el peor de los casos a la drogadicción y el delito; jóvenes cuya personalidad construida en base al consumo los abisma en un callejón sin salida en el que cavarán la tumba donde yacerá una sociedad agotada y decadente; matrimonios rotos por doquier; la banalidad y la veleidad ocupando el lugar de la responsabilidad y el sentido común; el uso perverso y terrible de la amistad como objeto de usar y tirar, y supeditada a la más vergonzante, frívola, ruin e hipócrita conveniencia; una asfixiante falta de valor y hombría a la hora de poner sobre la mesa y desarrollar las convicciones personales, que se torna en cómplice cobardía; retroceso democrático en todos los órdenes y ámbitos; despiadada crisis económica provocada por los cuatro listillos de siempre a quienes ahora se les ayuda mientras el ciudadano de a pie ha quedado sumido en la más profunda desesperación y desamparo; un pueblo inundado por el odio partidista más fanático y fratricida, que día a día se enquista y perpetúa, y se convierte en lastre y rémora insalvable para la lucha por sus recursos y su futuro; vecinos, víctimas y verdugos de la ley del mínimo esfuerzo, de la comodidad, del hedonismo más egocéntrico y de la dejadez; madres convertidas en criadas de sus hijos y padres desubicados. En definitiva, por una lado desgracia y dolor, y por otro, la doblez de ciertos mandamases que día a día asesinan la esperanza, la utopía y los sueños. Insensibles bárbaros que armados con la impunidad que injustamente otorga la preeminencia del poder económico sobre el político, y del político sobre el individual, dinamitan cualquier puente que los ciudadanos de buena voluntad extienden hacia la Verdad y la Justicia.

Eurípides cometió la temeridad de decir que el mundo es la patria del hombre noble. El problema es que visto lo visto y vivido lo vivido, el hombre noble jamás tomó posesión de su patria. Por lo tanto, Leopardí llevaba toda la razón cuando afirmó que el mundo es una alianza de bribones contra los hombres de bien, y de los mezquinos contra los generosos. En consecuencia hay que hacer caso a Demóstenes cuando aseveró que la mejor defensa es la desconfianza.

Hemos dilapidado en poco tiempo, cual viles sicarios, los mejores valores de responsabilidad, compromiso, lealtad y democracia, que nuestros mayores nos legaron tras duros años de trabajo, guerras, lucha, y en la mayoría de los casos, enfermedad, hambre y muerte. La perversión de la naturaleza humana es un hecho incuestionable, y el menosprecio y el abandono de los más imprescindibles y necesarios códigos morales para la consecución de una vida plena y digna a favor de un mundo mejor, una lacerante y sangrante realidad. Uno sale a la calle y respira decadencia; habló con los vecinos y sigo respirando decadencia; miro la televisión y aparece más decadencia. Horrible y terrible decadencia vayas donde vayas, mires lo que mires, y hagas lo que hagas.

Es tiempo ya de hacer algo, de que dejemos de buscar culpables en otro lado y asumamos la responsabilidad de tolerar una sociedad que se fue corrompiendo y no hicimos nada por evitarlo. Llevamos mucho tiempo burlándonos de la decencia y el decoro, sacamos de nuestra vidas a Dios, o a la Moral, o a la Ética, o a los Valores, o en lo que leches crea cada uno. Eliminamos el policía interior que llamamos conciencia, y hoy todo se puede, entre más depravado mejor.

Es cierto que estamos ante un vacío de autoridad, y señores, debo decirles que la autoridad nace y se moldea en el hogar. La autoridad reside en los padres, y las conductas de autoridad que deben tomar los padres residen en la Moral, en esa palabra tan vituperada y ridiculizada en nuestros días. Si queremos una Ronda virtuosa es necesario que las familias lo sean antes.

La única solución al grave problema que hoy tenemos es regresar a ese compendio de buenas conductas, a los Valores Universales, a la responsabilidad, al control de nuestros hijos, a exigir a los medios de comunicación que dejen de pasar mierda por televisión y, sobre todo, levantar a la mayor brevedad posible de sus asientos a esa panda de vividores que han convertido la política local en una ciénaga que acabará por engullirnos a todos. Eso sí, respetando, ensalzando y alentando a todos los políticos buenos y honestos, que también los tenemos. Pero como prioridad fundamental, no podemos seguir permitiendo que el principal patrimonio de una sociedad que son los hijos, se sigan marchando lejos, se echen a perder, o caminen perdidos en un pueblo que no supo ofrecerles nada. Porque si hoy nos quedamos quietos sin hacer nada, el día de mañana tendremos que lidiar con una impúdica turbamulta sin oficio ni beneficio y, lo que es peor de todo, carentes de valores y de capacidad para mantener nuestra cultura y encarar el futuro.

En fin, que Dios nos coja confesaos y tonto el último.

Llueve. Sigue lloviendo. Ronda dormita estremecida bajo la manta oscura de la noche, y justo debajo del chapotear de las gotas de agua sobre los tejados reverberan sueños de esperanza antigua y ancestrales anhelos labriegos de que el tibio ribeteo de las aguas jamás cese. Llueve. Sigue lloviendo en la calle Jerez.

Lucas Gavilán.


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