Opinión

Excrementísimos señores

Antonio Sánchez Martín.

La imputación de altos cargos del Partido Popular en los casos de corrupción destapados en la Comunidad Valenciana y en Madrid me producen asco y vergüenza. Para cualquier demócrata los abusos de poder resultan indignantes, pero más indignante aún es el desprecio que gente así demuestra hacia los ciudadanos cuando se preocupan más de enriquecerse en el cargo público que de solucionar los problemas de sus votantes.

Desgraciadamente, este caso se suma a la ya larga lista de escándalos de corrupción que inaugurara, allá por comienzo de los ochenta, Juan Guerra, el “hermanísimo” del vicepresidente Alfonso Guerra, y que más tarde tuviera continuidad con el caso FILESA, máximo exponente de corrupción política, pues hasta su nombre delataba cínicamente el objetivo de esa trama (Financiación Ilegal S.A.)

Se equivocan los dirigentes del Partido Popular al creerse víctimas de una conspiración urdida por los socialistas desde los distintos resortes del poder que éstos tienen a su alcance, para distraer la atención de los votantes de la catástrofe económica que padecemos, -no sabemos por cuanto tiempo-. Posiblemente tengan razón, todo sea algo más que una coincidencia, y los socialistas intenten de este modo rebajar la “factura” electoral que indudablemente les pasará la crisis en los próximos comicios vascos y gallegos, pero se equivocan los populares porque la trama descubierta no es algo nuevo, sino que llevaba años operando en instituciones gobernadas por ellos en Madrid y en la Comunidad Valenciana y no fueron capaces de acabar con ella a pesar de los numerosos informes internos que alertaban de su existencia.

Lo ocurrido no es más que la consecuencia natural de amparar a “chorizos”dentro del partido, -lo que los americanos llaman “guardar un esqueleto dentro del armario”-, algo que lógicamente tu adversario político usará en tu contra cuando lo descubra y tenga ocasión, como así ha ocurrido. Se equivocan, como digo, porque los votantes no entienden de coincidencias electorales ni de zarandajas, sino de que la mayoría de ellos las pasa canutas para llegar a fin de mes mientras algunos políticos se enriquecen en vez de solucionar los problemas ciudadanos, y el precio electoral que eso causa es enorme. Por eso, cuanto antes vayan a la cárcel los culpables mucho mejor para todos y sobran las excusas.

Nunca la clase política estuvo más denostada que en los tiempos que vivimos, por culpa, precisamente, de quienes predican con tan mal ejemplo. Que haya gente que venga a la política buscando enriquecerse no es nada nuevo. Lo que causa indignación es que a estas alturas los partidos deberían tener ya la lección bien aprendida y haber adoptado eficaces medidas preventivas para evitar que semejante calaña desprestigie la función política.

El PP, con su presidente al cabeza, tiene ahora una excelente oportunidad para demostrar a los votantes su decidida intención de limpiar el partido. Primero, asumiendo las consecuencias por consentir un sistema “cerrado” y presidencialista donde los dirigentes provinciales atan y desatan su antojo, y donde las críticas se purgan condenando al ostracismo a quienes las realizan, “ninguneándoles” y haciéndoles desaparecer de la candidatura electoral; y en segundo lugar, imponiendo la limitación de mandatos a los cargos de su partido para que ejerzan en el poder un máximo de ocho años. Estas medidas, aunque no evitarían de raíz la corrupción, al menos demostrarían a los ciudadanos que en el Partido Popular no tienen cabida los “trepas” ni quienes aspiran a vivir indefinidamente de la política.

Basta mirar a nuestro alrededor para comprobar que las agrupaciones locales de cualquier partido están llenas a rebosar de gente que jamás ha trabajado, o que como mucho tienen un título con el que nunca ejercieron, que esperan la “oportunidad” de trepar hasta un cargo público que les sustente, a ser posible, indefinidamente. Y ese no es el principal problema, lo grave viene cuando la cúpula del partido lo permite y por desgracia esas personas alcanzan sus objetivos. Es entonces cuando esos “trepas”, –que no tienen literalmente otro sitio de donde comer-, se convierten auténticos sicarios a las órdenes de sus dirigentes, dando lugar a clanes y familias enfrentadas dentro del partido, y donde, en demasiadas ocasiones, el objetivo es “hacer caja” y repartirse el botín, y resolver los problemas ciudadanos se convierte en algo secundario si no reporta “beneficios” que aumenten la cuenta de resultados de la trama.

A mi juicio, la renovación que necesita el Partido Popular no es un simple de cambio de caras, a cargo mayoritariamente de candidatos treintañeros, como pretende Mariano Rajoy. No, lo que hace falta es una renovación de ideas y de forma de hacer las cosas. Limitar los mandatos en el poder, o establecer en las agrupaciones locales un auténtico sistema de primarias que impida trepar a los pelotas y obligue a los militantes a alcanzar los puestos por sus méritos y no por amiguismo, podrían ser medidas eficaces en este sentido.

Cualquier cosa con tal de ventilar los putrefactos salones de la política, demasiado cargados ya del nauseabundo tufo de corrupción que desprenden estos excrementísimos señores.


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