Opinión

Sumando derrotas

Manuel Giménez.

En todo grupo de amigos existe una tendencia natural a crear toda una simbología, un imaginario popular, desarrollado sobre el concepto de fracasar. El fracaso es un buen amigo de todos los amigos, porque contribuye – yo creo- a generar una red fuerte de solidaridad entre los componentes del grupo.

Posiciones privilegiadas en esta estética del fracaso la ocupan cuestiones como el estudio – más bien, el no estudio- o el trabajo después. En torno a éstas, a fuerza de suspensos y quintas convocatorias se forjan frases recias y sentidas del tipo he caído tantas veces y tan bajo, que no me importa una mierda lo que la gente pueda pensar”.

Por la época en la que estamos, días de fresca brisa africana que endulza el mes de agosto, el desengaño amoroso es un caldo de cultivo privilegiado para anotarse una derrota considerable.

Uno puede naufragar indistintamente en cualquiera de estos menesteres, como puede hacerlo en los dos, que es el más difícil todavía. Eso es lo que me ha pasado a mí estos días. Historias de las que te fastidian el mes, pero que permiten margen suficiente para tomarlo con humor.

Una antigua compañera de trabajo me dio más juego del esperado. Es una náyade de estas que miran como una gata y ríen como una chiquilla a quien haces cosquillas, con una risa, burlesca y armoniosa, que me encendía la sangre, como decía Darío mejor que nadie. Y no puedo seguir, que me irrito. Durante semanas, hemos vivido una no historia digna de Valle Inclán en la que yo me creía Pachequín y ella me pareció Doña Loreta.

Pero claro, en una llamada de viernes por la mañana me comentó que, por no innovar, prefería a su Don Friolera y a mí me devolvió al mundo de los extraños.

El consiguiente disgusto era – es- capital. Sin embargo, un amigo tuvo la mala suerte de encontrarse en el mismo problema con, casualidad o no, idéntica resolución.

Y fue este amigo quien, cuando peor era mi desdicha, operó el milagro con sólo un mensaje de texto, que me envió justo después de su fracaso. Literalmente, me decía “novios 2- cochinos 0”. Acto seguido, en una llamada, concretamos los detalles haciendo un símil futbolístico. El conjunto contrario era francamente superior, así que nos llegó el momento de meter dos porteros y a los brasileños que teníamos en el banquillo… pero no a los futbolistas, a los sicarios. Las risas llegaron a todas las esquinas del local.

Por si fuera poco, horas después de esto, casi de continuo, me quedo sin una beca que había buscado largamente. Muchas entrevistas para que al final, más de lo mismo, otra gente mejor.

Y, para colmo, tengo una boda en Ronda y pierdo el tren. El siguiente sólo podría cogerlo hasta Málaga, y a ver cómo llego a Ronda. Llamo a Ronda al personal y lo cuento con la vocecita de pena del que se siente desdichado. En lugar de escuchar un típico y yo más, o una evasiva del tipo es que estamos tan liaos…, hubo una inmediata fuga del feliz evento en comandita a Málaga a buscarme. Y llevarme a donde tengo que estar.

Por el camino, ya estoy seguro, una aliteración bochornosa de todas las derrotas de todos los tipos van a hacer que se me olviden las penas. Cuelgo el teléfono y sonrío; contento y afortunado.

Sigo en la misma esquina de la estación de tren en que empecé una cerveza solo y con un nudo en el estómago pero ahora, descojonao, brindo con el camarero. Por la suma de todas las derrotas, de todos mis amigos. Lo dijo Borges, que hay derrotas que tienen más dignidad que la misma victoria.


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