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Al margen de las noticias; una virtual realidad. Un cuento: El discurso

Cuento para mentes abiertas hastiadas de buenismo político y del lenguaje inclusivo que destroza nuestro bonito idioma, ambos armas subversivas de la pueril progrez

La lectura es esencial para poder escribir en castellano de forma adecuada. Foto Educación 3.0

   Preámbulo

Cuento para mentes abiertas hastiadas de buenismo político y del lenguaje inclusivo que destroza nuestro bonito idioma, ambos armas subversivas de la pueril progrez.

Cap. 1 Preparativos

Érase un dirigente de tronío que presidía uno de esos pocos países que controlan el mundo. Muy conocido por su comportamiento vehemente y su radicalismo nada diplomático. También por su mala educación y melena al viento.

Se iba a celebrar un gran encuentro internacional que sería televisado en directo a todas las naciones de la tierra y nuestro personaje era el encargado de abrirlo dirigiendo unas palabras de bienvenida a los participantes.

Como el acto quería ser una llamada internacional a la convivencia pacífica y a los derechos de todos, se reunió con sus asesores para que orientaran sus palabras y toda su actuación. Él hablaba inglés, el idioma del comercio mundial pero también el del Imperio, primero el británico y en esos tiempos el de su país, según acusación general. Por ello le desaconsejaron su empleo. Había que elegir otro que estuviese bastante extendido y que no sufriera rechazos por tantos pacifistas e igualitaristas que allí acudirían.

Se decidieron por el español. Se hablaba desde hacía más de un milenio y lo usaba mucha gente y en numerosos países. Su progenitor, España, en esos tiempos carecía de importancia internacional, sobreviviendo bajo un triste gobierno ya en las últimas, por lo que no se esperaban demasiados rechazos.

Es verdad que todavía había mentes simples que ponían muchos reparos a ese país y creían cierta leyenda negra que, manejada por gentes sin escrúpulos en defensa de mezquinos intereses, había lanzado miserias sin cuento sobre una trayectoria como nación muy envidiable. Realmente había participado en numerosas guerras a lo largo de su prolongada historia, pero casi siempre defensivas o en su propio territorio, en la última de las cuales venció, caso único en el mundo, al comunismo. Pero también había sido la descubridora de todo un continente y, con escasos recursos, lo exploró y trajo a la civilización occidental, (para muchos la única civilizada). Culturalmente muy rica e integradora de gentes de todos los colores, razas y condición.

Elegido el idioma creyeron oportuno fichar a algunos vanguardistas en el manejo del lenguaje igualitario e inclusivo que tanto aparecía en las redes sociales y tan de moda estaba. Buscando en la Wikipedia (el más ágil organismo cultural de esos tiempos) encontraron unos cuantos que les parecieron interesantes para tamaño cometido.

El primero un tal Zapatiesta, que en su única ocupación conocida había resultado un total desastre, pero que tenía un buen reconocimiento en la republicanía bananera por su magnífica actuación para ayudar a un gobierno hispanoamericano, dirigido brutalmente por un tiranuelo, en su empeño de domesticar a una oposición obcecada en la defensa de los derechos humanos.

Después, para mantener un equilibrio entre sexos (en los círculos igualitarios lo llamaban género), que para ser prudentes limitaron a dos, y que permitiera al anterior tener a alguien con quien hablar, eligieron a una señora llamada Has Ido, muy conocida por haber sido la primera miembra que estuvo al frente de un ministerio, llamado de Igual Da, cuyo contenido sigue siendo un arcano.

Continuando con la llamada cremallera intersexual, encontraron al Pab Lenin, un sujeto bastante machista pero con una envoltura feminista muy a la moda, que se había hecho famoso por dedicarle, presuntamente, a una muy aparente periodista un piropo interesantísimo al par que curioso: la azotaría hasta que sangre. Para que este peculiar personaje (solo se vestía correctamente para ir al cine) tampoco se encontrase muy solo pensaron en L’irene, portavoza de Gritos contra la Democracia.

Les hacía falta un valor en alza, de gran enjundia y formación enciclopédica, y encontraron al de nombre más extraño: Snchz. Un señor que debía de tener ascendencia arábiga y por ello en su nombre no aparecían vocales. Hablaba siempre a base de eslóganes y consignas aprendidos/as y, cual soniquete, los repetía más que el mejor publicista.

Faltaba el equilibrio, el término medio de la sensatez y la experiencia, la prudencia y la ecuanimidad. Hallaron su joya: Dña Manoela. Al frente de una gran ciudad y adorada por sus vecinos por su predisposición a escuchar a todo el mundo, fueran de izquierda o fuesen de ultraizquierda; por defender la propiedad privada contra viento y marea, pero no contra los jóvenes vagos a los que encantaba vivir del cuento; por su demostrada pericia en la planificación de la movilidad ciudadana y paladina de la limpieza de calles y decoro edilicio.

A los asesores les pareció un buen equipo, conjuntado, capaz y abierto a la modernez. Quedaron contratados.

Cap. 2 El meollo

Nuestro dirigente tuvo una primera reunión con ese equipo en su despacho casi redondeado. Estaba prevista para primeras horas de la mañana de aquel día pero hubo de posponerse dos horas hasta que apareció el Pab Lenin al que se le habían pegado las sábanas tras una activa noche. Las presentaciones de rigor y algunas cortas frases de toma de contacto y empezó a dictarles su presentación. De este modo habló:

Señoras y Señores, buenos días.

Oír lo anterior y removerse en los asientos fue todo uno. Empezaron los murmullos, los equipistos y las equipistas no llegaban a comprender esa forma de comenzar una salutación ante tal asamblea y el mundo. Qué desprecio se traslucía en esas palabras para esos colectivos humanos que nunca han sido tenidos en cuenta, que han estado al margen, escondidos u ocultados. ¡Inconcebible!

El murmullo se hizo vocerío, el orden desapareció. Aquello era algarabía. Los asesores del gran dirigente entraron a saco imponiendo calma. Fue difícil acallar a los “expertos” pero con mano izquierda, buenas maneras y también autoridad, las aguas volvieron a su cauce.

Nuevamente hecho el silencio tomó la palabra Zapatiesta. No quiso decir nada sobre la muy superada expresión “Señoras y Señores”, de fuertes reminiscencias fascistas e incluso franquistas, claramente de derechas y despreciativa hacia los porteros, las empleadas del hogar y los mineros, por no hablar de los esquimales y ciertas tribus amazónicas, aparte de olvidarse de los conocidos LGBTQ, “géneros” a los que estos vanguardistas en sus grupos de trabajo partidistas habían decidido agrupar bajo la única vocal abierta que restaba, la “e”, dejando para los tradicionales “o” y “a”. Todo ello exigía una discusión mucho más profunda y detenida. Él se centró en “buenos días”.

Acostumbrado como estaba a los viajes por todo el mundo de su etapa anterior y a los que, frecuentemente, hacía en esos tiempos a su querida Hispanoamérica, había descubierto que no es de día en todas partes a la vez, sino, que muy al contrario, en unos sitios está amaneciendo cuando en otros anochece. Darles los buenos días a gentes que están a punto de irse a la cama era una desconsideración, muchos incluso podrían considerarlo un desprecio inaceptable. Por tanto habría que hacer una recomposición de esa fórmula y que el fin igualatorio e igualitario de equidistancia social con un lenguaje inclusivo se viese reflejado también. Buenos es masculino y días también, lo que se interpretaría como un oscuro deseo de imposición machista y la consagración de una sociedad patriarcal minusvalorante de mujeres y otros/as.

Podría mejorarse y quedar más o menos así: Buenos amaneceres, buenas mañanas, buen mediodía, buenas tardes, buen anochecer, buenas mediasnoches y buenos trasnoches. Todos y todas reflejados y reflejadas independientemente del huso horario a que estuvieren sometidos o sometidas.

Nuestro irascible dirigente tuvo que contenerse para no dar un manotazo en la mesa y, tras lanzarle su secretario personal una mirada de connivencia, le dijo al grupo de expertos que había surgido un tema urgente y que debía dejarlos solos para que estudiasen la mejor redacción del inicio de su alocución. Cuando estuvieran de acuerdo volvería para conocer el resultado y seguir adelante.

Cap 3. La toma de postura

Salió el dirigente, rojo de ira por el ridículo al que lo habían lanzado. Tras él su secretario con cara de circunstancias y, finalmente, todos los asesores abochornados por el espectáculo que estaban dando sus “expertos”.

Estos se quedaron a solas y a sus anchas. No sabemos lo que ocurrió allí dentro, aunque podemos imaginarlo. Se dice por ahí que la reunión fue grabada por cámaras ocultas pero que las imágenes fueron censuradas y protegido su secreto para los siguientes veinticinco años. No se sabe si por prudencia o para evitar la muerte, por vergüenza ajena o ataques de risa, de quien tuviera el valor de verlas.

Lo único que conocemos es que fue larga y que se oyeron voces que atravesaban las paredes de sala tan bien aislada. Podemos hacernos una idea de lo sucedido por el borrador de la propuesta que Dña Manoela se llevó de recuerdo y que algunas de sus encantadoras colaboradoras filtró para mayor gloria de sus agrupaciones comunes.

Así rezaba: A todos y a todas, sin olvidar a todes que siempre estáis presentes en mí. Mayoros, mayores y mayoras, adultos, adultes y adultas, jóvenos, jóvenes y jóvenas, niños, niñes y niñas. Blancos, blanques y blancas, negros, negres y negras (con perdón), amarillos, amarilles y amarillas, cobrizos, cobrices y cobrizas, mulatos, mulates y mulatas (con perdón también), mestizos, mestices y mestizas, criollos, criolles y criollas, indígenos, indígenes e indígenas Ricos, riques y ricas, medianos, medianes y medianas, pobros, pobres y pobras, indigentos, indigentes e indigentas. Trabajadoros, trabajadores y trabajadoras, parados, parades y paradas, aprendizos, aprendices y aprendizas, rentistos, rentistes y rentistas, empresarios, empresaries y empresarias, inversoros, inversores e inversoras, jubilados, jubilades y jubiladas, estudiantos, estudiantes y estudiantas. Activos, actives y activas, flojos, flojes y flojas, vagos, vagues y vagas, okupos, okupes y okupas. Reyos, reyes y reinas, príncipos, príncipes y princesas, noblos, nobles y noblas, plebeyos, plebeyes y plebeyas, dictadoros, dictadores y dictadoras, presidentos, presidentes y presidentas, ministros, ministres y ministras, diputados, diputades y diputadas, senadoros, senadores y senadoras, alcaldos, alcaldes y alcaldesas, concejalos, concejales y concejalas, enchufados, enchufades y enchufadas. Políticos, polítiques y políticas, religiosos, religioses y religiosas, deportistos deportistas y deportistas, bachilleros, bachilleres y bachilleras, licenciados, licenciades y licenciadas, doctoros, doctores y doctoras, soldados, soldades y soldadas, marinos, marines y marinas, pilotos, pilotes y pilotas, submarinistos, submarinistes y submarinistas, ciudadanos, ciudadanes y ciudadanas, campesinos, campesines y campesinas, mineros, mineres y mineras, obreros, obreres y obreras. Directoros, directores y directoras, músicos, músiques y músicas, escritoros, escritores y escritoras, bailarinos, bailarines y bailarinas, cantantos, cantantes y cantantas, actoros, actores y actoras, extros, extres y extras. Pintoros, pintores y pintoras, escultoros, escultores y escultoras, artistos, artistes y artistas, artesanos, artesanes y artesanas, cineastos, cineastes y cineastas, críticos, crítiques y críticas, apuntadoros, apuntadores y apuntadoras, taquilleros, taquilleres y taquilleras, Transportistos, transportistes y transportistas, distribuidoros, distribuidores y distribuidoras, repartidoros, repartidores y repartidoras, vendedoros, vendedores y vendedoras. Funcionarios, funcionaries y funcionarias, juezos, jueces y juezas, fiscalos, fiscales y fiscalas, policíos, policíes y policías, guardios, guardies y guardias, vigilantos, vigilantes y vigilantas. Médicos, médiques y médicas, enfermeros, enfermeres y enfermeras, ayudantos, ayudantes y ayudantas, técnicos, técniques y técnicas, recepcionistos, recepcionistes y recepcionistas, limpiadoros, limpiadores y limpiadoras, porteros, porteres y porteras, conductoros, conductores y conductoras. Sanos, sanes y sanas, enfermos, enfermes y enfermas, capacitados, capacitades y capacitadas, discapatizados, discapacitades y discapatizadas, autosuficientos, autosuficientes y autosuficientas, dependientos, dependientes y dependientas. Casados, casades y casadas, solteros, solteres y solteras, viudos, viudes y viudas, separados, separades y separadas, divorciados, divorciades y divorciadas, amantos, amantes y amantas. Honrados, honrades y honradas, corruptos, corruptes y corruptas, ladronos, ladrones y ladronas, criminalos, criminales y criminalas, estafadoros, estafadores y estafadoras, perseguidos, perseguides y perseguidas, perseguidoros, perseguidores y perseguidoras, explotados, explotades y explotadas, explotadoros, explotadores y explotadoras, libros, libres y libras, presos, preses y presas. Socorristos, socorristes y socorristas, rescatadoros, rescatadores y rescatadoras, detectivos, detectives y detectivas, investigadoros, investigadores e investigadoras, funerarios, funeraries y funerarias, enterradoros, enterradores y enterradoras, lenguarazos, lenguaraces y lenguarazas, portavozos, portavoces y portavozas, miembros, miembres y miembras, caraduros, caradures y caraduras, comisionistos, comi…

El resto del borrador había desaparecido por causas desconocidas o por simple agotamiento, pero no sería muy distinto a lo anterior: una interminable relación.

Y después de esta sencilla introducción vendría el discurso. Vamos… que ni Fidel Castro.

Cap 4. Las consecuencias

A la hora prevista para continuar con las deliberaciones los seis, sí, créanlo, todos, se presentaron en el enorme vestíbulo de acceso y control del edificio tan blanco y cuidado en que el todopoderoso dirigente sentaba sus reales. Se extrañaron de que no hubiese ningún propio esperándolos pero no le dieron importancia. Se acercaron al mostrador de control y dijeron con quién estaban citados. La carcajada que soltó el fornido vigilante encargado del acceso retumbó bajo la inmensa bóveda. Se miraron entre sí consternados. ¿Qué ocurría? No estaban dispuestos a soportar semejante trato. Qué se había creído ese infame cancerbero. ¿Es posible que el muy estúpido no los conociese pese a su amplia presencia en las redes por la magnitud de sus hazañas?

El peculiar personaje, que esta vez tampoco se había vestido con la debida corrección, tomó la iniciativa y poniéndose de puntillas para intentar llegar al menos al pecho del guardián soltó un exabrupto en algo que él llamaba inglés. El gigantón lo miró cual basurilla y llamó a sus compañeros que, sin ninguna consideración a tan altos dignatarios, los pusieron directamente en la calle, recomendándoles que no se les ocurriese volver a intentar entrar. Les metieron en los bolsillos unos billetes de avión de primera clase y les dijeron adiós.

Algún tiempo después se celebró el esperado encuentro internacional y, aunque no tenían esperanzas de que sus indicaciones, tan prudentes, hubiesen tenido efecto (conocían de sobra a los imperialistas), se sentaron en sus casas o despachos a ver la retransmisión televisiva arropados por sus seguidores y fans. Ilusionados. En el fondo eran unos románticos.

Se encendieron las luces, sonaron las fanfarrias y apareció el gran dignatario. Se acercó al micrófono y dijo:  Ladies and Gentlemen. Good morning. Welcome.

Moraleja

Intenta hablar bien en español, sin seguir modas o estúpidas corrientes pseudoigualitarias, no es tan difícil. Leyendo a nuestros clásicos, que son muchos y de todos los tiempos (también de ahora), se aprende. Es muy bonito, produce grandes satisfacciones y no quedarás en ridículo cuando hables o escribas. Hazlo también cuando envíes mensajes telefónicos, tus hijos te lo agradecerán y aprenderán de ti.

Epílogo

Aunque alguno de los hechos o personajes puedan parecerles conocidos o reales, no se lo crean. Todo es fruto de su calenturienta imaginación. Modérenla.


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