Opinión

Panamá ‘shore’ (José Juan Morales)

Esta semana hemos descubierto que Panamá no es solo un sombrero. Que también hay algunos defraudadores de guante blanco que operan con sociedades offshore, que tampoco es un programa de telerrealidad de la MTV. Julián y don Luis comparten algunas cervezas en Casa Juan.

—Aquí no se salva ni el Tato. La realeza, actores, futbolistas, políticos… todos intentando esquivar sus obligaciones fiscales —comenta Julián con amargura.
—Esto sustenta la opinión de que la corrupción no es una enfermedad que aparece en los políticos cuando comienzan a ejercer su actividad, sino que es algo que ya viene de antes —contesta don Luis—. Y que el rollo de que es algo cultural de los latinos… bueno, es cierto que hay mucho latino implicado, pero el presidente de Islandia tiene una cara de guiri que espanta.

Don Luis no se anima a pronunciar el nombre de Sigmundur Davíd Gunnlaugsson, pero Julián tiene claro a quién se refiere.
—Sí, pero ese señor ha dimitido —contesta el joven trabajador de banca—. Aquí poco tardará en pasar la tormenta y que Almodóvar (también implicado) vuelva a dar lecciones a los políticos.
—Lo de dar lecciones sí es algo muy latino. Aquí si todos predicáramos con el ejemplo, mejor nos iría. Sin ir más lejos. El otro día cogí un taxi para ir a comer y el taxista se quejaba amargamente del asunto de Uber, esta compañía de transporte similar al taxi, pero con la que la Administración es mucho más laxa a la hora de pedir licencias. Después de ir todo el camino quejándose, le sugerí que si quería se podía cobrar más dinero, dado que tenía un bono de taxi que no iba a gastar. El susodicho no dudó en falsear los datos del taxímetro nada más oír mis palabras.
—Es que el cabreo no justifica nada, ni siquiera las cantidades. Nuestra sociedad está demasiado acostumbrada a que se transija con el engaño a pequeña escala y que incluso esté bien visto. Ya por lo menos nos quejamos un poco de la corrupción, pero todavía queda mucho por recorrer hasta que nuestros hijos no se arrimen a la tentación de afanar lo ajeno.
—¿TIenes hijos? —Pregunta don Luis.
—Con lo que me pagan en el banco, ni se me ocurre. Gracias que tengo para comer todos los días. Y eso que no es un sueldo malo en comparación con lo que se está poniendo de moda. La verdad que esta situación se lo pone a huevo a los que intentan justificar sus triquiñuelas para evitar los impuestos. Es la pescadilla que se muerde la cola y al final, perdemos todos.


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