Opinión

Pido la voz y la palabra (Francisco Javier García)

Con la aprobación y entrada en vigor de la nueva Ley de Seguridad Ciudadana, popular e inteligentemente denominada por la ciudadanía, prensa y colectivos sociales, Ley Mordaza, el gobierno y el partido que lo respalda, no sólo han dado pruebas de lo que son capaces de hacer, también, y esta limitación es una cuestión sutil más importante de cara a una sociología política de la representación, han dado prueba evidente de lo que no son capaces de hacer. Por una parte, la megalomanía del exceso; de otra, la impotencia más absoluta de cara a conectar con la realidad social. El ejercicio desnudo del poder es algo inherente al cualquier sátrapa. La incapacidad de diálogo y ajuste a las nuevas realidades, de escribas.

La nueva Ley de Seguridad para élites, es una ley “ad hoc”, llevada a cabo expresamente para acallar y hacer frente a las protestas sociales y limitar la libertad de manifestación. De camino, empezar a dibujar el borrador de lo que se pretende que sea la libertad de prensa. A un paso del “nihil obstat” para el cuarto poder. Ya puede empezar a poner las barbas a remojar la libertad de cátedra.

Detrás de todo esto, lo que está en juego es el miedo de todas las fuerzas políticas que tienen representación a día de hoy en el Parlamento, ante la aparición en el mismo de partidos emergentes de fuerte raigambre popular. Como convidados de piedra por parte de los gestores del gobierno ante los nuevos fenómenos que empezaron a tomar vida el 15-m, estas fuerzas no sólo van a tener representación, sino que esta va a sobredimensionar las previsiones que tanto el PP como el PSOE realizaron en el ya lejano 2011. Para ello se ha escenificado toda una representación del miedo y la radicalización, en la que las dos fuerzas principales a día de hoy aparecen sobreactuando, como actores de segunda fila.

Qué habría más lastimoso que una comunidad quedara demudada, constreñida, impelida a deponer su voz ante una camarilla que pretendiera hacer de su razón de ser, la razón misma del grupo. Cómo con razonamientos tan pueriles podrían conformarnos, avocarnos, sugestionarnos, y renunciar con ello a nuestra visión de grupo, a nuestra voz.

Qué habría más lastimoso que a la savia instintual de nuestro cuerpo, correspondiera el secuestro, la reducción de nuestras más naturales constantes vitales, nuestros más ocultos deseos retenidos por un tejido social que lo requieren ajeno, extraño a los centros vitales de lo que somos en conjunto todos nosotros.


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