Opinión

Los jinetes del Apocalipsis (Antonio Sánchez Martín)

Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis que se describen en el último y enigmático libro de la Biblia, montan caballos que representan al poder, la guerra, el hambre y muerte, respectivamente. En el primero muchos creen ver al Anticristo, representado en nuestros días por el poder ilimitado del dinero sobre todas las cosas, auténtico dios y “Becerro de Oro” de la sociedad occidental. Los otros tres constituyen igualmente una amenaza para la felicidad de los hombres: la Guerra, precursora de todos los males, el hambre (ejemplo de la indignidad humana), y la muerte como colofón de los múltiples sufrimientos que asolan a la Humanidad contemporánea.

En esta Europa nuestra, cuna de la civilización occidental, convertida en aldea global merced los imparables avances de las comunicaciones, surgen amenazas que recuerdan a aquellos heraldos de la calamidad y del sufrimiento, que según los exegetas cristianos llegarán precediendo al fin del mundo. Jinetes amenazantes como el “Radicalismo”, expresado a través de opciones políticas “nacionalistas” o “populistas” que a menudo predican la xenofobia contra seres humanos procedentes de otros países, razas o culturas. Y qué decir del “Neoliberalismo”, que en aras del libre mercado supedita todo al poder del dinero y a las directrices financieras de los más poderosos, o de su antagonista: el “totalitarismo”, representado por una izquierda radical contraria a la propiedad privada. O del “progresismo” que practican algunos partidos que defienden un excesivo “subvencionismo” contrario a una “sociedad del mérito” donde cada cual ocupe los puestos en función de su propio esfuerzo y capacidad, lastrando la competitividad entre empresas y personas.

Hemos llegado hasta aquí por culpa de nuestros propios errores. El alejamiento y la despreocupación ciudadana por la participación política, —demostrada por las altas tasas de abstención electoral—, ha hecho posible la suplantación de la democracia real por una pseudo-democracia que, si bien conserva su aspecto externo, se aleja cada vez más de los ciudadanos. Un sistema enfermo que conviene especialmente a los partidos denominados “mayoritarios”, y que propicia un asfixiante “bipartidismo” que ningunea y bloquea al resto de las opciones políticas en el reparto del poder.

La corrupción política es una consecuencia directa de ese bipartidismo y de la ausencia de limitación de mandatos, porque suprime la alternancia en el poder propiciando el clientelismo político. Esa excesiva concentración del poder ha demostrado ser un cáncer para la democracia, porque quien gana las elecciones lo controla casi todo: el poder ejecutivo y el legislativo, influye en la Justicia a través del nombramiento de los miembros del Consejo del Poder Judicial y del Fiscal General del Estado, amén de influir sobre los principales medio de comunicación del país, tergiversando la información que llega a los ciudadanos.

Las alternativas para acabar con esta “pseudo-democracia” parecen fáciles, cosa distinta es que la clase política actual tenga voluntad de permitirlo. Más allá de votar cada cuatro (cinco años en las elecciones europeas), nuestra democracia deja escaso margen de opinión a los ciudadanos. No existe una Ley de Referéndum que permita opinar a la ciudadanía sobre las decisiones que les afectan más directamente, tales como reformas educativas, sanitarias, prestaciones sociales o leyes como la del aborto, de educación, de seguridad ciudadana, etc. Por consiguiente, la única alternativa para intentar cambiar las cosas pasa por expresar ocasionalmente el desencanto social en las urnas, forzando la alternancia política o al menos evitando que se reproduzcan mayorías absolutas que gobiernan impunes al control de la oposición.

Me refiero a combatir el “bipartidismo” y sus devastadores defectos posibilitando con nuestros votos gobiernos de coalición que fuercen el consenso entre partidos y “modulen” la acción política de la lista más votada, evitando la tentación de caer en la pseudodictadura en que suelen convertirse las mayorías absolutas. Es fácil encontrar ejemplos en el escenario político nacional, donde de carecer el Partido Popular de mayoría absoluta le hubiera sido imposible “bloquear” en el Congreso las iniciativas de la oposición para investigar a fondo el caso Bárcenas.

Las encuestas demuestran que los ciudadanos europeos, y por inclusión los españoles, siguen creyendo que el sistema democrático es la mejor opción de gobierno posible, pero se muestran decepcionados con la escasa participación ciudadana que ofrece el sistema electoral implantado. Hacen falta leyes que permitan la proporcionalidad directa de los votos, suprimiendo la Ley D`Hont. Listas abiertas, que permitan la elección directa de los representantes entre los candidatos que los partidos ofrecen a los votantes, garantizar el gobierno de la lista más votada, limitación de mandatos para impedir que los políticos se perpetúen en el poder reduciendo en gran medida los casos de corrupción, y garantizar una Justicia realmente independiente del poder político.

Tal vez sea hora de ir pensando en repartir los votos y apoyar a otros partidos minoritarios que logren romper el bipartidismo imperante e inmovilista que bloquea cualquier esperanza de cambio político, algo que no les conviene a los grandes partidos, sencillamente porque entre ellos se reparten el poder. Me consta que hay mucha gente desencantada que no votará en las próximas elecciones europeas; tal vez porque la ven como una institución distante y piensan que con su voto, -uno entre cientos de millones de votantes-, no tienen posibilidades de cambiar nada. Nada más lejos de la realidad, porque las instituciones europeas tienen cada vez mayor poder de decisión sobre nuestras vidas e intereses.

Lo que decidimos el 25-M es el rumbo que guiará a Europa durante los próximos cinco años, y una alta tasa de abstención facilitará la estrategia electoral de los partidos nacionalistas, xenófobos o populistas, que amenazan la paz y la cultura europea. Decidimos también si queremos que los mercados y el capital sigan influyendo sobre las políticas de la Unión Europea o, por el contrario, damos un giro social a estas políticas, recuperando la igualdad social perdida con la crisis que provocaron los excesos del poder económico en connivencia con la tolerancia y pasividad de la clase política gobernante. Alternativas hay, y usted decide.


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