Opinión

Lo que soy y lo que sé (Manuel García)

En la vida real siempre interviene mucho el conocimiento como patrimonio muy preciado en los individuos y particularmente las circunstancias psicológicas, sociológicas o históricas, en las que las personas lo han aprendido, está claro que no era lo mismo hablar inglés en España hace cuarenta años como un servidor, que ahora que habla hasta el gato. Sin temor a equivocación se puede afirmar que todo el mundo sabe mucho porque las cabezas nunca se paran, eso sí, de cosas distintas dependiendo en qué haya cada cual empleado su tiempo, el fruto dependerá de cómo valoran los demás eso que sabe cada cual. Para escalar una cumbre en el Himalaya los alpinistas no contratan a un psicólogo ni a un notario, sino a un  sherpa que a lo mejor no sabe ni leer pero si sabe mucho de lo que tienen que saber; para cubrir una plaza de recepcionista en un hotel se optará por elegir a un candidato que hable perfectamente inglés mejor que a otro que hable igual de bien  el  guaraní, lengua de Paraguay  que en la época precolombina se hablaba en la región al este de los andes. Esta valoración está hecha desde el punto de vista de la utilidad del conocimiento, tendrán la misma maestría dos personas que hablen  español perfectamente, pero méritos distintos si una de  ellas lo aprendió a peso de codos como lengua extranjera y el otro nació y vivió en mi calle, que por cierto, de ellos toda la calle está llena. Se concluye que en el conocimiento y su valoración intervienen muchos factores, que lo justifican, valoran o invalidan según sea para el fin que  se utilice y el color del cristal con que se mire, por eso aunque todo el mundo sepa mucho, siempre pensamos que sabemos poco, hasta Sócrates pensaba que solo sabía que no sabía nada. Sin otra aclaración, nuestra vida profesional se basa en poner al servicio de los demás el beneficio de nuestros conocimientos y por eso los que más dinero ganan no son precisamente los que han estudiado mucha literatura sino aquellos que saben lo que tienen  que saber y están en el sitio oportuno en el momento adecuado, mucha razón tenía el gitano que le dijo al amo que no quería dinero sino que lo llevara a donde hubiera, la suerte es imprescindible pero hay que acecharla.

El marco temporal, territorial y sociológico en el que vivimos y nos instruimos condiciona las características del pensamiento del sujeto y de su época. Imaginemos que yo con mi conocimiento me meto dentro de un cuadrado;  Este cuadrado lo divido en cuatro partes mediante dos diagonales perpendiculares. En el primer cuadrante pongo lo que yo sé, en el segundo lo que los demás saben de mi, en el tercero lo que yo se pero la gente no lo sabe y en el cuarto lo que la gente sabe de mi pero yo no sé que lo saben. Este cuadrado  es como si fuera una mochila que llevamos a cuestas como embalaje en forma de  placa identificativa con la que nos acreditamos y cuyo contenido dice lo que somos y para qué servimos.  No solo hay que serlo sino además aparentarlo.

Dedicado a mi amigo Antonio Becerra, director y futuro Presidente.


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