Opinión

Mateo Vázquez, todo un hombre (Ángel Azábal)

Fue el sábado pasado, coincidiendo con el partido en el que los juveniles de la Unión se jugaban el ascenso, cuando me enteré de la temprana e inesperada muerte de don Mateo Vázquez Ponce. Y pongo el don con toda la intención del mundo, a modo de reconocimiento de los interminables honores que merece un corazón como el suyo, todo humildad, y a sabiendas de que Mateo no hubiera estado de acuerdo ni en el tratamiento ni tampoco en la distinción.

Aunque conocía algunas cosillas sobre él, la verdad es que no pude tratarlo suficientemente, de manera que tuve que preguntar. Y fueron Félix primero y Carlos Ruiz después quienes con más énfasis destacaron su personalidad afable, sencilla y su disponibilidad absoluta para todo cuanto tuviera que ver con el bien de los demás y, sobre todo, si el gusto del prójimo pasaba por el fútbol rondeño en todas sus categorías. Mateo fue un referente de amor al deporte en sus escalas inferiores —¿o deberíamos decir superiores?— y un modelo de entrega a la causa de poner el fútbol de Ronda en el lugar de privilegio que él soñaba. Por donde pasó siempre hizo el bien. En Marbella, sin ir más lejos, los críos juegan en un terreno donado y que justamente responde al nombre de Vázquez Cultural.

Me parece verlo a las puertas del campo de El Fuerte: con su hija: siempre con Susana: impecable: traje y corbata: cortando y cobrando las entradas con el celo de quien sabe que aquellos euros por los que él tanto miraba eran cruciales para mantener los gastos del fútbol base. Como padre, nunca le estaré lo bastante agradecido. Lástima que ya no pueda decírselo: ¡Chapó, Mateo, chapó! Muchas gracias por esa humildad de gigante que ha hecho de ti, para siempre, todo un puntal de la memoria de la Unión Deportiva y de los demás equipos por donde pasaste.

Son demasiadas las ocasiones en que alabamos a quienes destacaron por cuestiones de las que se tienen por trascendentes: banqueros, políticos, reyes y reinas, delanteros y centrocampistas de los de época, olvidando a personas de la categoría y la talla de don Mateo Vázquez Ponce. Si por mí fuera —y se lo propongo a la alcaldesa y al concejal de Deportes— la puerta del campo de El Fuerte debería llevar su nombre. ¿Justificación? Muchas. Demasiadas tardes y mañanas al sol o con lluvia, luchando contra el levante para que las entradas no volaran, rifas, consejos, el respeto que le tenían los niños suponen méritos bastantes para ponerle el nombre no ya a una puerta sino hasta a un estadio de primera. Y no exagero.

Rifas he dicho, y viajes, y disposición permanente a echar una mano, con Susanita a su vera: su hija Susanita: “Mi niña”: convierten a Mateo en un ejemplo para nuestros hijos, pues no puede haber ejemplo mayor que el que viene de una persona humilde, honrada y decente que todo lo hacía desde el altruismo, pensando siempre en los demás: sobre todo en los chiquillos futboleros. Cuando alguien acudía a Mateo, fuesen entrenadores, directivos, padres o madres, no te cuento si eran los niños, siempre se oía: “Lo que sea. Lo que haga falta”. Y lo hacía.

En fin, que son estos seres humanos, entrañables y anónimos, los que siempre se quedan en el recuerdo y los que marcan época. Y sí, Mateo, habrá que reñirte, pues el vacío que nos dejas en la Unión será más que difícil de llenar. Ten por seguro que nuestros hijos han aprendido la lección que les diste a diario y que no es otra que la certeza de que tan importante como el delantero que marca, tan importante como el defensa que para el contraataque del rival o los directivos que hacen encaje de bolillos para que los chavales jueguen al fútbol en tiempo de crisis, tan importante o más que el balón son los hombres como tú: Mateo: don Mateo Vázquez Ponce: sin cuya labor callada no habría partido.

Me emocioné como hacía tiempo que no me pasaba cuando viví el minuto de silencio que nuestros hijos le dedicaron antes de alcanzar el ascenso. Jugaron bien, pero ahora que lo pienso, tal vez los tres goles que metieron y que los llevaron a lo alto de la tabla no hubieran sido posibles sin las infinitas tardes y mañanas en que Mateo: junto a Susana: puso todo su corazón en la tarea callada y humilde de estar al quite del menor de los detalles. Todo un hombre, ya digo. Un maestro.


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