Opinión

Tralará (Pedro Enrique Santos Buendía)

Otra vez nos llaman a votar. A votar, a votar. ¡Volvemos a votar!. Qué suerte, qué alegría, de nuevo a votar. ¿A votar y algo más?. ¡No!, solo a votar que no somos de fiar.

De nuevo nuestros gobernantes, en el poder o en la reserva, nos presentan unas listas cerradas con una serie de nombres ordenados por fidelidad, amor, reverencia, servidumbre, obsesión, agradecimiento, compensación, obligación, o quién sabe qué razones de dependencia con el que las confecciona. Casi todos nos resultarán desconocidos, tal vez no por sus nombres pero si por sus obras en favor de la ciudadanía. O desgraciadamente muy conocidos por todo lo contrario, pero muy fieles al gerifalte que los pone.

Es tristísimo que en estos días en que con tanto fasto, (y cinismo de alto nivel), celebramos por todo lo alto que hace doscientos años un puñado de compatriotas en condiciones muy precarias redactaron la primera Constitución para el buen gobierno de la Nación añoremos la Democracia. Aquel compendio de principios que pretendían regular con bonhomía las relaciones entre ciudadanos y gobernantes admitía como uno de sus principales fines la Felicidad de los españoles. Realmente hermoso.

Tan hermoso que fue derogada casi de inmediato y ninguna de las constituciones que la han seguido se han atrevido a redactar algo parecido. Ni siquiera la última y en vigor, es un decir. Y eso que esta dicen que fue redactada por consenso. Tan consensuada fue que en Andalucía hablamos al parecer en castellano, no en español, que estoy seguro fue lo que aprendí de mis mayores y en el colegio. Tan consensuada que España es un reino lleno de nacionalidades, de nacioncitas, configurando así un imperio de pobres o lo que es lo mismo un imperito. Imperito atroz a la vez que mísero, que tiene sometidas bajo su bota militarista  a esas naciones de toda la vida de Cataluña y Vascongadas, impidiendo a sus naturales participar en el gobierno y negocio general, ya que tienen prohibido hablar en público, moverse por todo el país, crear empresas, tener propiedades, prosperar e incluso aspirar a participar en órganos públicos. Tan sojuzgadas que catetos seguidores de grupos terroristas ni siquiera han sido autorizados a representar intereses muy dudosos en nuestras instituciones a todos los niveles.

Cuando gritamos viva la pepa en nuestros días estamos haciendo una exaltación de la intranscendencia, de lo insustancial. Ello se debe a que la de 1812 fue una construcción liberal, (en Cádiz estaban reunidos casi todos los que en España había), y los detentadores del poder real no estaban dispuestos a perderlo, y no lo dejaron ir. Igual que ahora. Gracias al consenso de 1978 el poder real radica en los partidos. Esos partidos no tienen hogaño mas de un millón de afiliados entre todos y están dirigidos por una clase, la clase política, ¡La Clase!, compuesta por no mas de mil personas en su cúspide, que hace y deshace a su  antojo o provecho sin regirse por ningún principio democrático o abierto. Tan es así que el eje fundamental alrededor del que se mueven todos los que quieren ser mandamases lo fijó un tal Guerra: ¡quien se mueva no sale en la foto!. Y pelillos a la mar.

Infelizmente estamos en una situación desesperada que nos obliga a votar aunque lo hagamos con una pinza en la nariz. El Régimen de gobierno en Andalucía ha llegado a tal grado de podredumbre, de absoluta falta de vergüenza en todos los ámbitos, de cortijo novecentista, de cerril caciquismo, de cómplices silenciosos, de patio de Monipodio a la Grande, que no hay quien lo aguante.

Votemos con la cabeza aunque llevemos roto el corazón para no seguir en un perpetuo tralará.


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