Opinión

Una de vino integral (Ángel Azabal)

Recuerdo haber leído en alguna parte que la guerra civil española parecía tener vida propia sin necesidad de generales: los milicianos y falangistas que no avanzaban tres palmos en un mes y que intercambiaban papel de liar por tabaco y cartas de amor por detentes con la imagen de san Judas y latas de sardinas por calcetines gracias, todo sea dicho, a los arrojados cosarios que conectaban entre sí a las dos Españas de Machado, eran los mismos que rompían el frente con los ímpetus de Aníbal tan pronto barruntaban los bocoyes de clarete que se madreaba en las bodegas de los pueblos a tomar. Así somos: los alemanes se mueven por ideas: los franceses por el queso y el foie: a los italianos sólo los mueve Verdi: a los ingleses, Inglaterra: y a nosotros nos mueve el vino. El alma de todo español tiene diez partes de vino peleón, una gota de mala uva y tres pocillos (colmados) de envidia. Y cante a Riego, entone el Caralsol o tararee el Ay Carmela no conozco paisano que no vaya de doctor en las excelencias de la enología. Para muestra basta ver cómo aumentaron las bodegas rondeñas en los últimos años.

En asuntos de vino somos así. Ahora está de moda lo de darle al trinque de los tintos con la excusa de la Cultura del Vino (con mayúsculas) y si quieres estar a la última, no queda otra que decir unas palabritas sobre la redondez, el buqué, los “tonos tostados” (¿) y demás cursilerías que pretenden colarnos como ciencia los que nadan entre las bodas de Canaán y el hacer patria chica con los vinos made in Ronda. Pero es lo que hay, mire usted, y a lo que vamos: ni un paso atrás y mucho menos abandonar la conversación a medias, no hasta oír, cuando menos, las estupideces que se sueltan alrededor de tres cuartos de tinto: redondo, afrutado con leves toques a avellanas y regaliz… A más adjetivos y expresiones más oscuras, más alto el precio que marca en la carta.

Recuerdo cuando sólo había una bodega: Las Monjas de Su Alteza Serenísima el príncipe Alfonso de Hohenlohe-Langenburg, un tipo singular y de elegante campechanía —si se me permite la contradicción— que puso unas cepas cabe Los Prados: tierras rojas: arcillas bajeras tapizadas de arenillas porosas donde los trabajadores miman las vides que siguen dando unos vinos verdaderamente agradables y, sobre todo, auténticos. Aquellos vinos de Su Alteza Serenísima irradiaban su pasión por unas tierras y unas gentes que estaban a la espera de un golpe de suerte que siempre pasaba —y acababa— en la leyenda urbana de “cierto grupo inversor”. Al final, lo sabido.

Después de aquel príncipe bautizado en presencia de Alfonso XIII, vinieron otros bodegueros, y otros, y otros muchos más y plantaron viñedos en cualquier pegujal que reuniera unas condiciones mínimas, en ocasiones con tan poco estilo y tan faltos de amor por el paisaje como muestra esa especie de búnker que asoma a los pies de Acinipo. Yo, como no entiendo, me limito a decir que alguien debería vigilar una posible inflación de viñas en aras de la necesaria calidad, beber en el estilo aristocrático del serenísimo Hohenloe: poco, bueno y mantener la leyenda que justifica su alto precio, pues bien mirado a lo mejor no es tanto.

No sé si finalmente Ronda llegará a los diez mil parados, no sé si alguna vez se le dará algún tipo de solución al deterioro del casco histórico o si dejaremos caer El Castillo encima de las Imágenes, pero lo que tengo por seguro es que, después de tan ebria convivencia, al menos estamos de acuerdo todos en cuanto a las bondades del vino y lo mucho que aportan las bodegas a la economía rondeña. Principio quiere la cosa.

Y prueba de lo mucho que coincidimos milicianos y falangistas sobre el particular en cuestión, es que por una vez sumaron fuerzas la Junta, el Ayuntamiento, los viticultores, los bodegueros y hasta el ectoplasma de los pies gotosos de los Habsburgo, para financiar un Centro Integral del Vino justo en frente donde los niños juegan al fútbol. Que no se diga que faltan ideas… ¿Hay que recordar que antes de erigir otro posible demasié habría que pensar en mantenerlo? Echa vino, montañés, y vino que corra.


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