Opinión

Al final está lo humano (Ángel Azabal)

Si salta de aquí hasta el último párrafo, nada pierde. No obstante, espero lea las ocurrencias de esta semana, por más que tenga la certeza de que usted las pergeñaría mejor yo a poco que se lo propusiera.

Pues bien, van y me ponen el vídeo de lo que será —o ya es— el último iPhone y, la verdad sea dicha, compay, que no acabo de enterarme, que no colijo, vaya, en qué radica la gracia de la cosa o en qué coño beneficia a la especie humana esto que los fieles —fidelísimos— adeptos a Steve Jobs no dudan en tildar de milagro. Ojo, que no matizan; no dicen “milagro tecnológico”: para estos misioneros de Apple el iPhone último es simplemente eso: el milagro. Y rezan a golpe de aplicación y Nube.

Arranca el vídeo, se observan unas manos que tiran de la nada y aparece un teclado, también sobre la nada, pura luz, sobre el que se escribe, se calcula o se regula el volumen, sin que haya nada, ya digo, que no sea una imagen que permite hacer lo mismo que con un teclado convencional. No sé cómo lo fabricaron ni qué extraña ingeniería cuántica se esconde en su interior. Tampoco me importa.

En todo caso, recuerdo ahora que concienzudos estudios han demostrado que la inmensa mayoría del aparataje de las nuevas tecnologías, por no decir la totalidad, es mero adorno que nos afirma frente a los demás, y poco más, pues a la hora de la verdad resulta que el noventa por ciento —largo— de los usuarios no usan ni la centésima parte de sus posibilidades. Entonces ¿para qué tanta historia, si al final se utilizará para hablar con la parienta, pasar un mensaje, escuchar una canción o leer el correo? ¿Es que todo eso no lo hace ya el móvil de saldo? Desde luego que sí, pero no es tan in… Y de pronto caes en la cuenta de que los desgraciados no son los que mueren sin haber saboreado la grandeza, el misterio, el milagro —éste sí que sí— que hay en una oda de Neruda o en una escultura de Chillida; no, el desgraciado, el analfabeto lo eres tú por no estar a la última en cuestión de móviles putamai. Todavía me acuerdo de aquellos “mancuentro” que unos cuantos esgrimían amarrados al cinto como John Wayne exhibía el colt. Sí, recuerda, fue entonces: mancuentro en la esquina de Ortega, tespero, tespero, que no tesoye…

Abundando más, no me resisto a contar una anécdota que viví con un chiquillo al que le habían regalado un portátil en el instituto. Los primeros días, guay, esto es vida y viva la tecnología y su madre. Del Youtube al Tuenti… Pero pasaron dos semanas y se percató de que lo que asomaba por la pantalla era objeto de estudio y, claro, aquello suponía los mismos sudores que hay en el denostado libro. Estudiar seguía siendo una tarea tan dura como lo fue siempre, y por más que hubieran cambiado el recipiente que contiene los conocimientos, con pantalla TFT o con una touch última generación, el estudiante no podrá huir del trabajo que cuesta comprender el mundo que nos rodea, que eso y no otra cosa es el estudio. Las nuevas tecnologías ayudan, pero no eximen de la soledad infinita que hay en tres horas de codos.

Peor aún. Desde que el ser humano tiene conciencia de tal, se vio sometido a la disyuntiva de elegir entre los cohetes o el pan diario. De modo que las pelas que dedicamos al “descomunal progreso” de los iPhone y demás, se las estamos restando a lo que habría que echarle a programas que de una vez por todas diesen con una vacuna contra el sida, la malaria, el alzhéimer… Pero no, somos tan brutos, tan neandertales somos que nos interesa más la magia truculenta de un teclado virtual que los millones de niños que la doblan por no tener los cinco euros que cuesta un tratamiento antipalúdico.

Dicho esto, y sin que sirva de precedente, porque a buen entendedor tal y tal, aplaudo los cuarenta mil euros —benditos ellos— que la Diputación ha donado a ASPRODISIS para ampliación de la lavandería, así como el criterio que siguen los nuevos mascas del ayun a la hora de primar las ayudas sociales sobre aquellas catetadas impresas a todo colorín y a mayor gloria del líder. Algo tan sencillo y tan poco mágico, pero que supone una carga de humanidad que supera mil veces un millón las maravillas virtuales de los seguidores de Steve Jobs, q.e.p.d.


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