Opinión

Genalguacil, a la vuelta de la esquina (Antonio Garrido)

Desde el momento en que se unen la cordura y el ingenio, para actuar sobre la belleza natural, surgen obras de arte como Genalguacil, al que sin ser el único, sí que podríamos poner como paradigma de los pueblos de nuestra Serranía.

 

Ahora que tanto se destruye, unas veces por especulación del suelo y otras por el simple afán de arrasar con lo que lleva, ornamental y materialmente, cumpliendo desde siglos, contemplar núcleos urbanos como el que comentamos, nos hace recapacitar sobre lo que, puede conseguirse, con pocos medios, sobrados esfuerzos y un empeño decidido por no ir a rastras de lo que la mediocridad, o la influencia de los poderosos dicta.

Todo reluce en Genalguacil. ¡Y de qué manera! Es la medida la que impera. Nada falta. Nada desentona. Todo parece recién creado, recién puesto. Cada rincón, cada trozo de suelo o pared, tiene lo suyo. Y lo suyo es un primor de blancura, de armonía, de buen gusto. La sensatez ha sido no tocar lo existente, sino sacar lustre a lo que les legaron, porque la belleza y la estética, ya campeaba a sus anchas en el lugar.

Cuán fácil la cosa y qué complicado lo hacemos. Mi respeto y admiración a cada uno de sus habitantes: desde la que más tendrá que ver en esto, la alcaldesa, hasta el que lleno de años y achaques, le cuesta un mundo regar sus flores y dar una mano de cal a su fachada

Mostrando la rica diversidad, la deslumbrante hermosura de la Serranía a unos familiares, días pasados, con el ánimo repleto de sensaciones, sin siquiera una nubecilla en nuestro horizonte interior, nos encaminamos a Jimena a pasar la noche. Nada más llegar, la dueña del hotel, al conocer nuestra procedencia rondeña, no se le ocurre otra pregunta que hacernos que esta:

“¿Cómo anda eso del ascensor y del aparcamiento en la hoya del Tajo?”

Me hice el desentendido para no responderle con lo que procedía: “Lo ignoro, pero lo que sí sé, maja, ¡maldita sea!, es que me has amargado la noche y lo que resta de viaje”.


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