Opinión

A todos los rondeños de buena voluntad (Lucas Gavilán)

Desde el principio, cuando el hombre toma conciencia del universo y de sí mismo, intuye que el universo es algo más que un montón de piedras y energía, y que, él mismo, por consecuencia es también algo más que un un conjunto bien ensamblado de huesos, cartílagos y vísceras. Percibe que hay cosas que se escapan de sus sentidos y su mente se llena de interrogantes. Y ante estas preguntas surgen multitud de respuestas difíciles de demostrar por su esencia propia. El trato diario con semejantes les lleva a intuir que hay algo mas en cada persona y empiezan a darles nombre y adjetivos, surge el concepto de ser humanos y ser supremo. Abstracciones no muy fáciles de comprender. Cada persona tiene sus propias percepciones, su esencia particular, su relación con los demás seres y en especial con el ser supremo. No todos tenemos la misma capacidad de abstracción y en los pueblos primitivos que tenían que dedicar casi todo su tiempo a trabajos manuales de supervivencia, dedicaban poco tiempo a la reflexión y asumían como propias las reflexiones de la pequeña élite que sólo se dedicaba al estudio, de ahí surgen las religiones, con sus dogmas, morales y culto, de ahí surgen los reyes y caudillos, de ahí surgen las clases dominantes. La religión perfecta no ha aparecido, como tampoco ha aparecido la forma de gobierno perfecto, ni tampoco el hombre perfecto. En verdad la perfección le quitaría el sentido a la vida.

Pero dentro de tanta imperfección, la gran masa hemos conseguido en la historia reciente sustraernos a ese poder, a ese férreo control con el que los poderosos nos atenazaron a lo largo de la historia. Y ahora, que gozamos de una cierta libertad, de una cierta independencia económica a pesar del paro y de la crisis, ahora que tras siglos de sometimiento, padecimiento y muerte podemos seguir avanzando hacia la utopía, hacia la constante mejora de nuestras vidas y de nosotros mismos como individuos, hacia una sociedad libre de regresiones reaccionarias y oscurantistas, y regida en base a los valores universales, ahora, muchos de vosotros entre los que se encuentra un nutrido grupo de políticos, os dedicáis a agrediros constantemente con el único objetivo de obtener las dádivas y prebendas del equipo de gobierno actual o de los que puedan suceder a éstos o de algún preboste forrado de dinero, sin importaros en ningún momento el echar por tierra la misma democracia que os colmó de derechos y libertad, para poder hacer lo que hacéis y decir lo que decís.

No sabéis administra la libertad y el bienestar que os fue concedido sin haber luchado apenas por él, porque los que de verdad lucharon fueron otros, cosa que habéis olvidado a las primera de cambio. Sois tan egoistas que no veis más allá de vuestra propia nariz, y sólo os importa vuestro sustento, y al prójimo que le den. No sabéis lo que es la fraternidad, pisoteáis la igualdad y y sólo buscáis y pedís justicia para vosotros mismos.

Ronda necesita urgentemente dejar atrás tanta sinrazón y tanta estupidez y sentar las bases de un proyecto común, libre de intereses partidistas. No está el asunto para tanta estupidez, sino para poner la razón al servicio de la comunidad. Aunque no estemos acostumbrados, las especiales circunstancias económicas que vivimos nos impelen a arrimar el hombro. Hoy es más necesario que nunca sentarse a hablar, proponer ideas, realizar la política que más convenga al progreso de la ciudad. Y esto no lo puede hacer un sólo partido. Hay que hacelo entre todos.

Por todo ello, ahora más que nunca es necesario realizar un gran acuerdo por Ronda, de la misma forma, y salvando las distancias, que a nivel nacional en su día lo principales partidos políticos firmaron los Pactos de la Moncloa con el fin de salvar al país del desastre. Partidos políticos, empresas, asociaciones, colectivos y vecinos a título individual deberían sentarse en una mesa de debate que reúna todas las sensibilidades, en la cual aportar ideas, sugerencias y peticiones tendentes a desarrollar y establecer un plan económico, laboral y social de futuro para Ronda.

La situación actual es inquietante, descorazonadora, y resulta a todas luces caótica, pero no por caótica debemos amilanarnos y abandonar nuestro pueblo a su suerte. En el fondo no son las situaciones quienes hacen a los pueblos, aunque influyen. Son los hombres, los habitantes quienes hacen a los pueblos, y a su vez, son las ideas quienes hacen a los hombres. Aquí, a parte de los siempre necesarios recursos económicos, lo que verdaderamente están faltando son ideas revolucionarias y originales, y hombres y mujeres comprometidas y con arrojo capaces de llevarlas a cabo. Por lo tanto, sería necesario concedernos una tregua en nuestras habituales rencillas y animadversiones para que todos los vecinos y sus ideas sean escuchadas por muy descabelladas que puedan parecernos. La mejor forma que conozco de recoger ideas es en una mesa de debate donde todos los que tengan algo que decir sean escuchados, donde estén representados todos y cada uno de los rondeños. Condición indispensable y previa para conseguir un pacto por la Ronda.

En estos momentos de crisis económica despiadada que en principio se ceba con los más débiles, la necesidad más acuciante es el trabajo. Un padre de familia o cualquier joven necesitan un trabajo para poder tirar para adelante, pero un trabajo no lo es todo. Reducir la vida a una mera necesidad laboral termina por convertirse en una rutina insoportable: estómago lleno y mente desamparada, perdida y frustrada. A un joven además de trabajo es necesario ofrecerle ilusión, esperanza y motivos por los que luchar que llenen su vida. La existencia no puede ser parcial, tiene que ser total y plena. Un pacto por Ronda tendría que asumir estos conceptos básicos e imprescindibles.

Entiendo que un joven que estudia una carrera muy especializada tiene que marcharse al lugar donde luego pueda poner en práctica aquello para lo que ha estudiado y no se puede quedar con nosotros. Sería absurdo renunciar a su crecimiento profesional y personal por quedarse aquí; pero sí son otros muchos los que podrían quedarse. Y para ello es necesario crear las condiciones laborales y de vivienda que les permita fundar una familia en nuestro pueblo, en vez de hacerlo fuera como está ocurriendo. Una vez conseguido el desarrollo económico y social necesario para que nuestros jóvenes no se vayan fuera, la segunda etapa consistiría en intentar que muchos de los que están fuera cargados de letras y desarraigados, volviesen. Las primeras medidas correctoras pactadas irían encaminadas a la estabilización del censo, para más adelante incrementarlo hasta un nivel prudente que fluctuaría entre cincuenta o sesenta mil personas.

Esta maldita crisis es un descomunal enemigo dispuesto a acorralarnos y quitarnos todo lo que un día fue nuestro. El asunto es muy grave, y en su resolución nos va la vida como comunidad y como pueblo. No podemos dejar nuestro futuro en manos de políticos que cada cuatro años son susceptible de ser cambiados porque sería un futuro incierto. Esto es tarea de todos, de los políticos y de los que no lo somos. Estamos ante un problema que nos concierne y afecta a todos. Cierto es que son los políticos los máximos responsables, y que son ellos los que tienen que tirar del carro, pero con el aliento de todos los vecinos soplándoles en el cogote. A todos se nos llena la boca cuando decimos que queremos mucho a Ronda; pero el cariño además de expresarlo también hay que demostrarlo con hechos, si no, ni es cariño ni es nada. El barriobajeo, la banalización, las animadversiones y la estupidez están usurpando día a día ese espacio común de convivencia donde debería imperar el respeto, la honestidad, la comprensión y la cordura.

Por otra parte, tenemos que dejar de una puñetera vez de criticarnos y sacarnos tiras de pellejos unos a otros. No es este un tema baladí, nos encontramos ante una grave crisis de decadencia como pueblo a la que se ha unido la grave crisis económica. Hace tiempo que nos precipitamos en caída libre hacia un abismo del que desconocemos su fondo. Cada día que pasa sin que hagamos nada es un tiempo precioso y una oportunidad que perdemos para evitar el batacazo. Este fue el pueblo de nuestros antepasados, es el nuestro, y debería ser también el de nuestros hijos y nietos. O hacemos algo entre todos o esto se va al carajo. Tiempo al tiempo.


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