Opinión

Tontos sin capirote (Antonio Sánchez Martín)

Un año más, con la precisión astronómica que fija el primer domingo después de la primera luna llena de primavera, la Semana Santa acude puntual a su cita con la devoción y las tradiciones populares. El bullicio inunda España por doquier para conmemorar unas fiestas ricas en idiosincrasia y los matices culturales propios de cada sitio. Desde la opulencia deslumbrante de los tronos que desfilan por las calles de las ciudades españolas, a los singulares tambores de Calanda, o las “Monas” de chocolate en Cataluña, pasando por el Toro de Cuerda en la cercana localidad de Gaucín, la gente participa intensamente en unas fiestas de gran arraigo popular e indiscutible interés turístico.

De forma desbordada, por todas partes y lugares el pueblo se echa a la calle para celebrar (-aunque algunos no reparen en ello-) el triunfo de la fe y el Evangelio; porque, nos guste o no, eso es exactamente lo que celebra la Pascua cristiana. Ese mismo Evangelio que alienta desde hace más de veinte siglos la cultura occidental. Una cultura tolerante y generosa que apuesta por la igualdad de todos los ciudadanos y el respeto al prójimo, por la solidaridad con los más desfavorecidos, que apuesta por vida y condena la pena de muerte.

Gente, mucha gente por todas partes, participando a ambos lados de la fiesta. La mayor parte de ella asiste como simple espectadora, aunque, quién sabe, si tal vez al paso de los tronos aprovechan la ocasión para examinar también sus almas y reconocer los errores cometidos, proponiéndose una vez más cambiar de rumbo para no tropezar dos veces en las mismas piedras del camino por donde discurren sus vidas.  

Los más devotos procesionan con la cabeza tocada por un sencillo paño de reminiscencias hebreas; otros lo hacen de forma anónima, ocultando su rostro bajo un capirote y ceñida la túnica por un austero cíngulo de esparto. Incluso alguno realiza su estación de penitencia cargando cruces o arrastrando pesadas cadenas que simbolizan sus limitaciones humanas, seguramente implorando al Cristo al que acompaña que le libere de la esclavitud de sus vicios.

Pocos entre la concurrencia permanecen indiferentes ante tamaño espectáculo. De alguna manera, desde las aceras y balcones, o bien bajo la túnica y el capirote; los asistentes manifiestan su fe. Una fe seguramente imperfecta, pero que aún así les mueve a asistir a la fiesta para pedir un milagro o para dar las gracias por el último favor concedido, aunque éste haya sido simplemente disfrutar un año más de vida en compañía de su familia y sus amigos.

Entre la fauna de devotos destacan, como a contrapelo, la inevitable figura de los políticos de turno que pretenden dar mayor solemnidad con su presencia a los actos que se celebran. Con frecuencia, esos mismos políticos asisten a estos actos religiosos obviando que sus partidos propugnan una sociedad laica que prohíbe los crucifijos, emblema de nuestra fe y nuestra cultura, en los colegios donde estudian nuestros hijos.

Políticos cuyos partidos proponen “Alianzas con Civilizaciones” que predican la “guerra santa” contra Occidente, con “culturas” donde se ahorcan a los delincuentes, se defienden las “castas sociales” o se apedrea hasta la muerte a los adúlteros. (A ellas las lapidan cubiertas por un paño blanco; a ellos a cara descubierta, pero con piedras enjalbegadas de cal para que en ambos casos quede constancia de la sangre que se derrama en el tormento). Políticos que aprueban leyes que despenalizan el aborto y autorizan a niñas de dieciséis años a practicarlo sin el consentimiento de sus padres.

Se me antoja que esos mismos políticos procesionan como auténticos “tontos sin capirote” que exhiben públicamente y sin disimulo la “tontuna” de sus incongruencias. Como si estuvieran desubicados, marchan a cara descubierta junto a nazarenos que por humildad cubren sus rostros, sin sentir el menor rubor por presidir un cortejo religioso donde se simboliza una fe que ellos no comparten.

Sin esperar el Juicio Final, a esos mismos políticos les juzga el pueblo cada cuatro años. Unos votantes condenarán sus incongruencias, otros, por el contrario, se lavarán las manos como Pilatos y les concederán la indulgencia de permanecer en el poder otros cuatro años. Padre, perdónales porque no saben lo que hacen… ni los unos, ni los otros.


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