Opinión

La sociedad del crimen

Antonio Sánchez Martín.

Desde hace algún tiempo, los telediarios, más que informativos, se han convertido en una permanente crónica de sucesos, y las distintas cadenas compiten entre ellas por captar la atención de la audiencia con una colección sensacionalista de noticias luctuosas, violencia de género, muertes de jóvenes a manos de bandas racistas o de porteros de discoteca, asesinos aún en edad escolar y demás facetas que ofrece el exceso de violencia que desgraciadamente padece hoy la sociedad actual. Poco a poco van desapareciendo las raíces de convivencia y tolerancia que antaño engrandecieron a Europa y en su lugar se va adueñando de nosotros una “cultura de muerte”, donde el sufrimiento y el dolor ajeno se convierten a diario en un mero espectáculo al que desgraciadamente todos nos vamos acostumbrando.

A esta misma sociedad, violenta y agresiva, algunos filósofos la denominan “post-cristiana”, porque en ella Dios se hace supuestamente prescindible al haber alcanzado el conocimiento científico un nivel inimaginable hasta hace poco. Estas circunstancias son utilizadas a menudo por partidos políticos denominados “progresistas” que aprovechan la ocasión para atacar las creencias religiosas de numerosos ciudadanos y para imponer leyes que promueven la eutanasia o el aborto que defienden sus votantes, como si se tratara de legislar sobre un “derecho a la muerte” del que aun no disfrutan en plenitud los ciudadanos. La nueva Ley del Aborto, sin ir más lejos, permitirá que chicas que aún no han alcanzado la mayoría de edad para votar o para someterse a una intervención de cirugía estética, o simplemente para ser responsables de sus actos penales, puedan interrumpir su embarazo incluso sin consentimiento de sus padres.

Hoy, la ciencia avanza a pasos agigantados, y es innegable el papel primordial que juegan esos avances científicos en el progreso de la sociedad cuando se usan en beneficio de sus miembros. Por eso resulta desconcertante que algunos políticos pretendan justificar el “derecho al aborto” de las mujeres obviando lo que es evidente para cualquier persona, con independencia del grado de conocimiento científico que atesore: Que un embrión, cuando alcanza el útero materno, tiene plena capacidad biológica para desarrollarse y convertirse en un nuevo individuo, -con una dotación genética propia y diferente de su progenitora-, y que cualquier interrupción deliberada de ese proceso equivale a un crimen que interrumpe su evolución vital, se haga en cualquier momento de su gestación.

Por tanto, los individuos que se “abortan”, puede que aún no tuvieran nombre ni apellidos, pero eran PERSONAS a quienes se les negó deliberadamente su futuro. Sin embargo, la irresponsable tolerancia del gobierno actual en este tema permite que en las clínicas españolas se pueda abortar, -con la excusa de “grave riesgo psicológico para la madre”-, a fetos de más de treinta semanas de vida, que se tiran a la basura como meros “restos quirúrgicos”, cuando dichos “restos” serían capaces de completar perfectamente su desarrollo como “niños prematuros” en la incubadora de un hospital. Cuando hay asociaciones que protestan contra la caza de focas o abogan por la protección del lince ibérico, o defienden los derechos de los inmigrantes “sin papeles” que llegan a nuestras costas buscando un futuro mejor, resulta escalofriante pensar en la tortura de unos seres humanos a los que se les niega el más elemental de sus derechos: la vida.

Sin una madre no puede haber gestación de nuevos individuos, y es en esta dependencia de la madre donde los progresistas pretenden fundamentar el derecho de la mujer al aborto y establecer un plazo máximo para practicarlo sin causar “sufrimiento” fetal. Resulta cínico y desconcertante que esos mismos sectores políticos justifiquen el derecho al aborto como si fuera una liberación de la restrictiva moral cristiana, pero obviando la realidad biológica de la vida y permitiendo el asesinato de seres humanos indefensos a los que se les impide nacer y constituirse en nuevos individuos.

En esta sociedad “post-cristiana”, como insisten en definirla los filósofos, poco tiene que ver ya el aborto con el castigo divino o con el infierno, porque no sólo es la ira de Dios la que debe preocupar al hombre, sino el enorme riesgo que supone para la Humanidad atentar contra la propia existencia humana; algo que parecemos obviar con preocupante desprecio por culpa de la soberbia que propicia saberse los seres más evolucionados de la naturaleza, y que, sin embargo, el resto de las especies defienden con esmero desde que pueblan el planeta. Eso no quiere decir que no se pueda, y en mi opinión clínica se debe, avanzar con todo respeto en el conocimiento genético humano, pero, por supuesto, siempre a favor de la vida y no de la muerte. “La última enfermedad vencida será la muerte”, dice la Biblia.

No es la primera vez, ni será la última, que los políticos utilizan los conocimientos científicos en su propio interés y no en los de la humanidad. A finales de los años treinta del pasado siglo, los avances en física atómica propiciaron que los gobernantes de las principales potencias del planeta construyeran bombas que exterminaron la vida de cientos de miles de personas en Hiroshima y Nagasaki. La ignorancia es muy atrevida, y hoy, la estupidez humana, en manos de políticos que detentan el poder de forma espúrea y pretenden dirigir los avances científicos hacia sus propios intereses de partido, puede conducirnos hasta nuestra propia destrucción.

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