Opinión

Crisis ¿Qué crisis?

Antonio Sánchez Martín.

Este verano, a pesar de los rigores de la ardiente canícula estival, serán bastantes menos los afortunados que se permitan el lujo de irse de vacaciones.

No hay mal que por bien no venga, -dice el refrán-, y por culpa de la crisis económica este año en las playas españolas por fin se acabará el maldito “overbooking”, ese que obligaba a madrugar al sufrido turista si quería colocar su sombrilla en un remoto rincón de la playa, a medio camino entre el chiringuito y la orilla.

Como casi siempre, lo de la crisis va por barrios, y hace poco la elitista revista “Forbes” publicaba el ranking de multimillonarios que atesoran las mayores fortunas del planeta. Afirma esta publicación que en el mundo hay más de siete millones de acaudalados ricos que poseen más de un millón de dólares. De ellos, un reducido grupo de setenta mil personas atesoran cada una fortunas superiores a los cinco mil millones de las antiguas pesetas, lo que supone las tres cuartas partes de la riqueza mundial.

En España, el informe registra casi 150000 millonarios, y frente a ellos señala que hay más de ocho millones de personas se las ven y se las desean para llegar a fin de mes. Demasiada gente entre los que incluir a multitud de familias endeudadas por su vivienda, por los elevados gastos de la educación de sus hijos, o simplemente porque el mercado laboral les ofrece escasas posibilidades que no van más allá de un mísero “contrato basura”. Añadan a esto una larga lista de pensionistas que sobreviven a duras penas con ridículas pensiones.

Pero si difícil es la situación económica de una cuarta parte de españoles, ante nuestros ojos existen situaciones de extrema pobreza que poco parecen importarnos. Esta semana, sin ir más lejos, asistí a través de la televisión al naufragio en la costa africana de un cayuco repleto de inmigrantes. A pesar de lo repetido de la escena, el fuerte contraste entre dos mundos geográficamente cercanos pero diametralmente opuestos en cuanto a sus condiciones de vida, me sigue impresionando. Es, como si cerráramos los ojos ante la desgracia de nuestro vecino de enfrente, por ejemplo.

Hasta ahora, esa desgracia siempre se ha cebado con otros, mientras nosotros asistimos a su sufrimiento confortablemente sentados en el mullido sofá de nuestro salón, al otro lado de la cámara. Terrorismo, inundaciones, secuestros y asesinatos, guerras en las que se masacran a diario a centenares de hombres, mujeres y niños, sin que una sola gota de su sangre o de sus lágrimas nos llegue a salpicar. No pude evitar mi desconcierto ante las imágenes que mostraban sus cuerpos yermos sobre la arena: Hombres que se jugaron la vida buscando un mundo nuevo donde encontrar unas mínimas posibilidades de futuro y acabaron perdiéndola.

A menudo, nuestro gobierno evita hablar de la inmigración como si se tratase un problema y en su lugar habla de un “fenómeno” de actualidad que afecta a personas y a dos mundos bien distintos. No logro comprender qué se consigue dulcificando la verdadera magnitud de este problema. Quizás la palabra -fenómeno- evita que nuestra conciencia nos acuse y podamos seguir sentados frente al televisor asistiendo al exótico “fenómeno” con el que unos pocos mafiosos se hacen ricos y los demás, casi siempre, lo pierden todo, hasta la vida.

Quizás así, tampoco nos denuncie la esquizofrenia de una sociedad que durante seis meses -come a dos carrillos- y durante los otros seis paga para adelgazar y lucir sus cuerpos esmeradamente broceados, con un escueto tanga y tumbados en la hamaca bajo el sol ardiente de nuestras playas. La esquizofrenia de quienes piden créditos para operarse los pechos en clínicas de medicina estética o invierten en liposucciones buscando un “cuerpo diez”. El hedonismo de una sociedad donde los niños compiten por la marca de su ropa o de las zapatillas de deporte, pagando por ellas lo que en el tercer mundo permitiría vivir a una familia durante todo un año.

Frente a nuestra acomodada sociedad, centenares de inmigrantes “sin papeles” duermen a diario bajo chamizos de plástico, se sientan sobre bidones y comen (cuando pueden) sobre cajas de cartón, mientras esperan ansiosos a que alguien del “primer mundo”, -ese que decimos que ahora “sufre” por la crisis de las hipotecas basuras-, les de una mínima oportunidad… aunque sea a costa de jugarse de nuevo la vida en el andamio de una obra, o de arriesgarse a morir dentro de un invernadero intoxicados de pesticidas; y aunque su sacrificio sólo sirva para incrementar la riqueza de quienes les explotan de sol a sol por cuatro perras, sin seguro y sin contrato. Y es que en el origen de todas las fortunas, casi siempre se encuentra la injusticia, dice la Biblia.


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