Opinión

El progreso en riesgo

Antonio Sánchez Martín.

En 1986, poco después del accidente nuclear de Chernóbil, obtuve en la Junta de Energía Nuclear (actual CIEMAT) la capacitación como Supervisor de Instalaciones Radiactivas, lo que me permitió adquirir un conocimiento exacto sobre los beneficios y riesgos que supone el uso responsable de materiales radiactivos.

Desde esa perspectiva, en agosto de 2004 escribí este artículo a raíz de la “moratoria nuclear” adoptada por el primer gobierno del Presidente Zapatero, y ahora que vivimos en tiempos de crisis económica he querido rescatarlo porque se vuelve debatir la alternativa nuclear como medio para combatir la imparable escalada del precio del petróleo:

“Existe preocupación en el sector empresarial y sindical porque el petróleo (entoces a 50 dólares el barril) pueda comprometer las expectativas de crecimiento económico por su repercusión sobre el transporte y el encarecimiento de los costes de producción; lo que se traducirá inevitablemente en un incremento de la inflación, el desempleo y de los tipos de interés. Aunque desde las distintas administraciones se promociona la implantación de energías alternativas, es evidente que nuestra dependencia del petróleo es cada vez mayor. Las causas de esta dependencia no son nuevas y entre ellas destaca la errónea previsión de que la implantación de la energía solar y eólica reduciría la demanda energética de origen térmico; el tributo político pagado a grupos ecologistas por su apoyo al gobierno, y el prematuro abandono de la energía nuclear sin que existan alternativas equivalentes que garanticen nuestro ritmo de crecimiento.

La energía nuclear se impulsó por motivaciones militares y tras la II Guerra Mundial muchos ingenieros y políticos veían en ella el mejor camino para garantizar un suministro de energía barata y limpia que permitiese a Europa eludir su dependencia de los inestables países productores de petróleo. Desde entonces, y por razones geopolíticas, la Unión Soviética intentó lastrar el crecimiento y la autonomía energética de Europa occidental, fomentando y dando cobertura a través del Partido Comunista a numerosos movimientos pseudopacifistas y ecologistas que mostraban una imagen meramente capitalista y especulativa de la energía nuclear, exagerando sus riesgos y silenciando su importancia en otras facetas como la medicina, donde la radioterapia supuso un avance primordial para el tratamiento del cáncer.

En 1988, los doce países de la Comunidad Europea reunían 139 centrales nucleares. El auge nuclear terminó con la caída de los precios del petróleo tras la I Guerra del Golfo Pérsico y por la alarma social que causó el accidente de Chernóbil (URSS), provocado porque la presión militar soviética hizo que se abandonaran las más elementales medidas de control en unas instalaciones obsoletas. Sin embargo, los gobiernos francés, alemán y británico perseveraron en el uso de la energía de nuclear, aunque su opinión pública se encontrara dividida. En la actualidad, Suecia intenta sin éxito remplazar su alto nivel de electricidad nuclear con alternativas ambientales –limpias-. En Italia, un referéndum paró su programa nuclear y otros países, siguiendo la misma línea, aplazaron indefinidamente la construcción de nuevas centrales nucleares, entre ellos España.

La energía nuclear permite obtener electricidad a gran escala; compitiendo ventajosamente con el carbón, el petróleo y el gas natural, pues la fisión de los núcleos atómicos de un solo kilo de uranio 235 (del tamaño de un huevo), produce tanta energía como 2.500 toneladas de carbón (más de 1600 camiones de gran tonelaje). A pesar de todo, no parecemos prever que en las próximas décadas los combustibles fósiles se agotarán o que su uso es altamente nocivo para el medio ambiente. Convenientemente explotada, la energía nuclear (en un futuro de fusión) podrá abastecer de energía a la humanidad durante siglos, y aunque se cuestione su seguridad son muchos los científicos que afirman lo contrario, pues sus riesgos se minimizan incrementando las medidas que garanticen el correcto funcionamiento de las centrales nucleares y la protección radiológica de la población en caso de accidentes.

Cualquier actividad humana genera residuos, pero los radioactivos tan sólo suponen una parte por millón del volumen total de residuos generados en la vida diaria. Además, el 90% de ellos son de vida corta y de actividad media, por lo que se extinguen casi por completo en menos de 300 años. La preocupación por el cambio climático, acelerado por la desmesurada utilización de combustibles fósiles, ha recuperado el interés por la alternativa nuclear como fuente de energía. Desde su descubrimiento, la electricidad ha sido esencial para el desarrollo de un país y la calidad de vida de su población. Así pues, ante el progresivo agotamiento de las reservas petrolíferas, la limitación de los recursos hídricos y la creciente demanda de energía, España debería cuestionar si mantiene su actual moratoria nuclear, bajo el riesgo de que de no levantarla podamos hipotecar nuestro futuro y el estado del bienestar al que muy pocos estamos dispuestos a renunciar”. Dicen que el tiempo -da y quita razones-. Juzguen ustedes.


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